Teresa Manrique cerró los ojos, respiró hondo y luego caminó hacia él, estirando las manos para desabotonarle la camisa.
Le quitó aquella prenda empapada, manchada de lodo y sangre, la hizo un bollo y la arrojó sobre el lavamanos. Luego, se dio la vuelta para tomar el cabezal de la ducha.
—Todavía no me he quitado los pantalones, ¿cómo me vas a bañar? —Nicanor Núñez se apoyó contra la pared, miró la pretina de su pantalón y luego levantó la vista hacia ella con una expresión inocente y perfectamente calculada.
Teresa apretó los dientes y bajó la mirada para desabotonar su pantalón. Al bajar la cremallera, sus dedos rozaron la piel de su vientre inferior, haciendo que los músculos de su abdomen se contrajeran bruscamente.
Su mano se detuvo, pero no se apartó. Respiró profundo y tiró de la pretina hacia abajo. La tela empapada se pegaba a sus piernas, donde aún tenía heridas, por lo que ella hizo sus movimientos con mucho más cuidado.
Nicanor se quedó de pie bajo la lluvia de la ducha, vestido únicamente con unos bóxers oscuros. Él sonrió: —¿Me vas a hacer bañar en ropa interior? Es muy incómodo.
Teresa se puso roja como un tomate.
Pero él continuó: —No es como si no me hubieras visto antes, ya hasta tuvimos a una hija. ¿Qué importa si me echas una mano?
—Dices una palabra más y te voy a estampar el cabezal de la ducha en la cara —lo amenazó Teresa entre dientes.
Nicanor guardó silencio al instante.
Teresa bajó la mirada y observó las heridas que cubrían su cuerpo, además de las múltiples cicatrices que le habían quedado de otros tiempos. Una parte muy suave de su corazón se conmovió. Justo cuando Nicanor estaba a punto de abrir la boca para decirle que le pasara el teléfono y pedirle ayuda a alguien más, los dedos de Teresa se posaron en el borde de su ropa interior y la deslizaron hacia abajo.
En un instante, Nicanor se quedó congelado.
Ahora el que se sentía un poco avergonzado era él.
Teresa volvió a tomar la ducha, probó la temperatura del agua y dejó que cayera sobre él. Intentó esquivar las heridas en la medida de lo posible, concentrándose únicamente en limpiar la arena y el barro que se le había pegado a la piel.
A medida que aquella delicada mano acariciaba su pecho y su espalda, la respiración de Nicanor se volvió un poco más pesada.
—Date la vuelta —le ordenó Teresa.
Nicanor no se movió, simplemente se quedó apoyado contra la pared, mirándola fijamente desde arriba.
El agua de la ducha seguía fluyendo y el vapor comenzó a esparcirse entre los dos, empañando la visión y desdibujando la distancia que se suponía debían mantener.
—Nicanor, date la vuelta —repitió Teresa, con una voz más suave que antes, perdiendo toda su fuerza intimidatoria.
De repente, Nicanor estiró su mano envuelta en gasas y sujetó la mano de ella, que sostenía la ducha.
Ella suspiró de manera casi imperceptible.
Aquel suspiro fue tan suave que el ruido del agua casi lo cubrió por completo, pero Nicanor lo escuchó. Su cuerpo se tensó bruscamente, temiendo que fuera a rechazarlo, y se apresuró a hablar: —Olvídalo, no quiero escuchar nada.
Teresa lo miró a los ojos: —Te daré una oportunidad.
La ducha se le resbaló de las manos y cayó contra los azulejos del suelo, salpicando agua por todas partes.
Nicanor se quedó petrificado por un par de segundos, antes de perder el control por completo. Con sus manos cubiertas de vendajes le agarró el rostro, sosteniéndola con fuerza. La textura áspera de las gasas rozó sus pómulos y dolió un poco.
Teresa no se apartó, y los labios de él descendieron sobre los suyos.
Como una bestia acorralada que llevaba muchísimo tiempo hambrienta y que creía que nunca más volvería a comer. Finalmente, la puerta se había abierto una rendija, y él la besó de forma feroz y desesperada. Su lengua se abrió paso entre sus labios y dientes, llevando consigo el sabor a hierro de la sangre, adentrándose para enredarse con la suya. No le dio ni un segundo para respirar, ni una oportunidad de arrepentirse. No le dio ninguna escapatoria.
La espalda de Teresa chocó contra los fríos azulejos. La palma de Nicanor se interpuso entre su nuca y la pared. La gasa estaba empapada en agua. Los dedos de ella se aferraron a sus hombros, clavando las uñas en su piel. Era imposible saber si intentaba empujarlo lejos o acercarlo todavía más. Él simplemente no le dio tiempo para pensar.
El agua seguía fluyendo, salpicando desde el suelo y cayendo sobre ambos, arremolinándose en el desagüe para llevarse consigo el barro y el agua ensangrentada.
El vapor en el baño se volvía cada vez más espeso. El espejo, que recién se había limpiado, volvió a empañarse por completo. Las siluetas de los dos se fundieron en una sola sombra borrosa entre la bruma, haciendo imposible distinguir quién era quién.

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