La tolerancia de Nicanor había llegado al límite. Miró fijamente a Teresa.
Tomó su cintura con las manos, pero no hizo presión hacia abajo; simplemente dejó sus palmas descansando allí.
—Teresa —pronunció su nombre, con la voz tan desgarrada que parecía a punto de romperse—. De verdad no aguanto más, ¿acaso quieres matarme?
Teresa vio sus ojos inyectados en sangre, consumidos por el deseo, y notó la expresión de vulnerabilidad y desesperación en su rostro. De repente, sintió que algo en su interior se ablandaba.
Puso una mano sobre el pecho de él y sintió cómo su corazón latía acelerado y con tanta fuerza que parecía un tambor a punto de estallar.
Teresa se mordió el labio para evitar hacer ruido, pero su respiración se volvió cada vez más pesada, sus pestañas temblaban, y los dedos que descansaban sobre su pecho se curvaron hasta que las uñas se le clavaron en la piel.
Nicanor finalmente no pudo resistir más y se abalanzó hacia ella...
—Dije que yo lo haría —le recordó Teresa, mirándolo hacia arriba.
—Es que ya no puedo aguantar —respondió Nicanor. Pegó su frente contra la de ella y murmuró con una voz profunda que parecía salirle desde el fondo del pecho—: Si dejo que sigas haciendo esto a tu ritmo, ninguno de los dos lo va a disfrutar del todo. Ya no te quedan fuerzas, ¿verdad?

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