Al toparse con los ojos desorbitados de Mauricio, Emilia sintió como si le hubieran vaciado una cubeta de agua helada encima, despejando su embriaguez al instante.
Bajó la mirada hacia su propio pecho. Las marcas, de distintos tamaños y colores, contaban una historia espeluznante: algunas se habían tornado amarillentas por los días, mientras que otras conservaban un rojo negruzco reciente.
Sabía perfectamente lo que tenía que decirle. Si estaba dispuesta a formalizar la relación, tarde o temprano él habría descubierto la verdad oculta bajo su ropa.
Las manos de Mauricio quedaron congeladas sobre ella, incapaces de retroceder. Sus cejas se juntaron con angustia y, tras no obtener respuesta por varios segundos, volvió a exigir: —Emilia, ¿qué significa esto?
Emilia se enderezó y se cerró la blusa para cubrirse.
Sin atreverse a mirarlo a los ojos, apretó los bordes de la tela con todas sus fuerzas y soltó la confesión: —Fui yo. Yo misma me lo hice.
Mauricio parpadeó, desconcertado. —¿Qué? ¿Tú misma?
—Fui yo —repitió, ahora sí, sosteniéndole la mirada sin un ápice de evasivas o culpa—. Cuando la presión es demasiada, recurro a esto. Sufro de adicción severa al sexo y un nivel moderado de masoquismo. Cuando mi cabeza se bloquea y estoy a punto de perder la cordura, es mi única vía de escape.
Mauricio observó su rostro tenso y supo que le estaba diciendo la verdad. Esa confesión destruía por completo la imagen pulcra e intachable que siempre había tenido de ella. Jamás se habría imaginado que cargaba con unos hábitos tan perturbadores.
Perturbadores... esa era la palabra. Su mente era incapaz de procesar la magnitud de lo que estaba escuchando.
Pero Emilia era su novia; no podía simplemente burlarse o juzgarla por un problema que la superaba.
Aclaró su garganta y, con aparente calma, le preguntó: —¿Desde cuándo estás... enferma?
—Desde hace mucho —admitió—. Mucho antes de conocerte. Empezó cuando estaba en la universidad.
Mauricio tomó aire y exhaló lentamente. —¿Y fuiste al doctor? ¿Estás recibiendo tratamiento? Esto... esto es un problema psicológico, ¿cierto?
Emilia asintió. —Sí. Voy a terapia y tomo mis medicamentos con regularidad. Gracias a eso he logrado mantenerlo bajo control para no caer en la perdición ni dañar a nadie.
—Entiendo —se hizo el silencio, sin saber de qué manera continuar con la conversación.
Emilia notó su confusión y duda. Comprendía a la perfección que ningún hombre en su sano juicio aceptaría algo así sin pensarlo dos veces.
Se abotonó la blusa por completo. —No te preocupes. Lo entiendo. —Se puso de pie—. Dejémoslo hasta aquí. Me voy a mi casa.
—Espera —Mauricio se levantó, la alcanzó antes de que llegara a la puerta y le agarró la muñeca—. Quédate.
Emilia se volteó y sentenció: —Si esto es un obstáculo para ti, no tienes por qué forzarte.
—No me estoy forzando, solo necesitaba un segundo para procesarlo —Mauricio la atrajo hacia sí y la envolvió en un fuerte abrazo, posando las manos en sus hombros—. Me tomó por sorpresa, eso es todo. No sabía que venías cargando con tanta presión, y para colmo yo me enojé contigo... Esas marcas, ¿te las hiciste después de que nos peleamos?
Emilia asintió contra su pecho. —Sí.

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