Como ya había platicado profundamente con Melisa y no le tenía desconfianza, Lisandro se desahogó de inmediato:
—Adelantaron la fecha que teníamos pactada. Van a venir por Sawa antes de tiempo.
—¿El león? ¿Mañana?
Lisandro asintió, soltando un suspiro. Su rostro reflejaba pura angustia.
—Aria no deja de llorar, no quiere separarse de él tan pronto. Me preocupa mucho. Quisiera quedarme con ella mañana en la mañana para despedir a Sawa y subirlo al camión juntos, pero tengo que trabajar y no puedo faltar.
—¿No quieres pensarlo mejor? —preguntó Melisa.
—¿Pensar qué?
—Cambiar de reserva o algo así —sugirió ella—. Siento que la Reserva Klein no es muy buena.
No le dijo que todo era demasiada coincidencia. Que adelantaran el traslado de Sawa justo cuando Vera también llegaba antes de tiempo a la reserva, le daba muy mala espina.
Lisandro la miró confundido.
—¿Tiene algo de malo ese lugar?
Como no tenía pruebas concretas, Melisa no pudo darle una explicación lógica.
—¿De verdad no se puede cambiar?
Lisandro negó con la cabeza.
—Ya firmamos el contrato, no se puede. Además, buscar otro lugar tomaría más tiempo y me preocupa que los vecinos se molesten. Ya se están quejando bastante. Me da pavor que si me tardo más, le den un tiro a Sawa desde afuera de la propiedad. Mandarlo a la reserva de una vez es lo mejor para él.
Melisa entendió su dilema. Lo pensó un momento y le propuso:
—La verdad, Sawa me interesa mucho. Como soy una inversionista con cierta influencia, puedo decir que surgió un imprevisto y pedirte que me lleves de regreso al resort. Así tendrás la excusa perfecta para tomarte medio día libre y acompañar a tu hija a despedir a Sawa.
Los ojos de Lisandro se iluminaron de golpe.
—¿En serio? ¿Estarías dispuesta a sacrificar tu tiempo de vacaciones para conseguirme medio día libre?
—No le veo el problema. Lo único que te pido es ir contigo a tu casa. Quiero grabar el momento y subir la historia a internet. Sería una excelente publicidad para la protección animal, ¿no crees?
—¡Eso sería fantástico! ¡Te lo agradezco muchísimo! —asintió Lisandro, emocionado—. Y quién sabe, tal vez recibir gente nueva ayude a que Aria se distraiga un poco.
[Entendido.]
Huracán no dijo nada más, pero pensó que el despliegue de seguridad del líder de la mafia era un poco exagerado. Los tipos que vio eran miembros de élite de *la familia Costa*; si no fuera por una misión de extrema importancia, jamás se les vería operando en el campo.
Movilizar a toda esa gente solo para proteger al jefe y a una chica le parecía un desperdicio de recursos.
Después de avisarles a los empleados de Comercial Novierra, a la mañana siguiente, Melisa se subió a la camioneta de Lisandro rumbo a su casa.
Cuando todavía les faltaba una hora de camino, Melisa recibió un mensaje de Huracán.
La gente de la Reserva Klein había llegado antes de lo esperado y ya estaban metiendo a Sawa en la jaula. La niña estaba al lado, llorando a gritos. Esa tensión alteró de inmediato al león, poniéndolo muy ansioso.
Al final, la madre tuvo que encerrar a la niña en su cuarto.
Huracán iba a seguir observando, pero de repente alguien tocó a su puerta. Tuvo que levantarse a abrir; resultó ser la anciana dueña de la casa, quien le llevaba el desayuno al «pintor aficionado» que le rentaba el cuarto. Mientras le daba las gracias por cortesía, no se dio cuenta de que, a sus espaldas, la ventana del cuarto de la niña se había abierto.
Melisa supo que ya no llegarían a tiempo. Segundos después, Lisandro recibió una llamada de su esposa. Golpeó el volante con frustración.
—¿Por qué llegaron tan temprano? ¿No podían esperarme para despedirnos de Sawa todos juntos?

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