Agachaba la cabeza, suplicando desesperada una y otra vez.
—Melisa, sé que te hice mucho daño en el pasado, siempre estuve intentando perjudicarte, incluso quise matarte varias veces, pero no tenía opción. Mi mamá me decía que tenía que ser la mejor, que tenía que obedecerla, que debía convertirme en una mujer de la alta sociedad. Nunca debí tener esas ambiciones, solo soy una persona común...
»Ayúdame, te lo ruego, sálvame —las emociones de Claudia colapsaron en un instante—. ¡No soporto la idea de que mi esposo sea un viejo decrépito con la piel seca como un cadáver! Se arrastra sobre mí como un gusano, ¡me da tanto asco que siento que me muero! ¡De verdad siento que me muero!
Su supuesta luna de miel no era más que un matrimonio forzado por sus padres con un anciano viudo por puro interés de poder. Su reputación ya estaba tan arruinada que cualquiera podía burlarse de ella.
No solo había perdido toda fama y fortuna, sino que también había perdido su identidad y dignidad.
Sin embargo, la actitud de su hija enfureció a Camila. Regresó corriendo, agarró a Claudia del cabello y la levantó a tirones del suelo.
—¡Le puedes suplicar a cualquiera, pero no a esta pequeña salvaje! ¡Yo te di la vida y yo decido qué pasa contigo! ¡Vámonos a la casa! ¡Deja de hacer el ridículo!
La caótica familia se marchó. Leopoldo, que había presenciado todo, dejó escapar un largo suspiro.
—Esa niña Claudia no era tan mala hace unos años. Ahora, un paso en falso la llevó a la ruina total.
—Alguien llena de pecados no merece lástima —dijo Dani en tono indiferente.
Leopoldo estaba de acuerdo con eso; después de todo, siendo solo parientes lejanos y sin ser de su misma sangre, se habían atrevido a lastimar a su nieta. Pasara lo que pasara, no merecían perdón.
Orfeo habló con voz suave:
—Bueno, no dejemos que gente irrelevante nos arruine la Navidad.
Leopoldo también hizo un gesto con la mano, como si quisiera espantar la mala vibra, y una sonrisa amable volvió a aparecer en su rostro.
—Tienen razón, la gente tóxica ya se fue. Es hora de celebrar en familia.
***
Cuando Catalina Amaya fue llevada a casa en un vehículo de escolta militar, fue Dani quien salió a recibirla.
El chofer militar le dio un reporte serio y luego le habló con evidente alegría:
—Este año sí va a llevar a su novia a la fiesta para que la conozcamos, ¿verdad? Todos tenemos muchas ganas de pasar un rato con el coronel Soto.
—Aún no me han devuelto mi puesto —dijo Dani.
—Eso es solo cuestión de tiempo —el soldado sonrió y, sin decir más, le puso dos boletos en las manos a Dani—. La fiesta de este año la organizamos entre todos, le aseguro que va a estar buenísima. ¡Tienen que ir!
Después de soltar esas palabras, el soldado se subió al coche y se alejó rápidamente sin mirar atrás.
Nadie sabía lo rápido que le latía el corazón al hacer eso. No pudo evitar hablar con voz temblorosa hacia su compañero en el asiento del copiloto:
—¡¿Viste eso?! ¡¿Lo viste?!
—¿Qué cosa? ¿A tu ídolo?
—¡Se veía mucho más accesible! ¡Toda su actitud era súper relajada! ¡Lo sentí, de no ser así ni de broma me atrevo a hablarle con tanta confianza!

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