Hizo una pausa y añadió: —Esto también significa que me está dejando a tu cargo.
Melisa, con el título de propiedad que de pronto parecía quemarle las manos, sonrió de repente. —Está bien.
Antes, la familia Núñez tal vez tenía sus reservas con Vasco, pero ahora, solo sentían admiración por el valor del anciano y respeto por su buen ojo.
¡Porque el tesoro más preciado de los Núñez merecía ser tratado con esa misma importancia!
Con ese asunto resuelto por el momento, todos querían ver el regalo de Dani, sobre todo porque su caja se veía diminuta en comparación con las demás.
Al calcular el grosor, Nicanor no pudo evitar comentar: —No me digas que le vas a regalar el último iPad. Porque si es así, sería el regalo más chafa de todos.
Dani lo ignoró y simplemente le pidió a Melisa que lo abriera.
Melisa rompió la envoltura y lo primero que vio fue un título de propiedad.
Al abrirlo, resultó ser de una isla privada.
—Compré una isla a tu nombre —dijo Dani.
—El lugar es lo bastante grande y viene con un avión privado. Puedes construir lo que se te antoje para divertirte. No quiero que te sientas triste nunca, pero si llega a pasar o si solo quieres estar sola, puedes ir ahí a despejar la mente. Dicen que desde ahí se ven los cielos estrellados más bonitos del mundo.
Al revelar su regalo, todos se quedaron callados.
¡En comparación, los regalos de sus hermanos, que ellos mismos creían valiosos y carísimos, se quedaron muy atrás!
El rostro siempre serio de Mateo se oscureció de golpe. Apretó el frasco, sin saber si guardarlo o dejarlo, mientras sus orejas se ponían rojas a simple vista. Le lanzó a Nicanor una mirada asesina y le gritó entre dientes: —¡Cállate la boca!
Hasta Orfeo, que siempre mantenía la compostura, tuvo que voltear la cara, con los hombros temblando por la risa contenida.
Leopoldo se reía tanto que le temblaba el bigote, mientras señalaba a Mateo. —¡Te lo mereces! ¡Eso te pasa por pasártela trabajando y no parar en la casa! ¡Melisa sí que sabe lo que dice!
Dani miraba a Melisa con una sonrisa indulgente, como si le estuviera diciendo «bien jugado».
Melisa, con cara de inocencia, se apresuró a explicar: —Me refería a un servicio completo para la salud. Tú eres el malpensado, Nicanor.
—¡Me vale! —dijo Nicanor, ya sin aire por tanta risa. Se acercó a Mateo y le extendió la mano con picardía—. Ándale, hermano, pásame unas cuantas, ¿no? Para darme mi mantenimiento también.

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