No por nada Luna era una experta en ese juego. Nadaba de maravilla, se movía rápido por el agua y saltaba con fuerza. Sabía sacar, bloquear y rematar perfectamente. Además, le encantaba el espectáculo; con cada punto que anotaba soltaba un grito emocionado y una sonrisa radiante, logrando acaparar todas las miradas.
Parecía estar desquitando todo su coraje acumulado dándole golpes al balón. Se veía explosiva e intensa, ganándose los aplausos de toda la gente que estaba alrededor de la alberca.
Volvía a ser el centro de atención después de tanto tiempo y lo estaba disfrutando, así que cada vez le pegaba más fuerte a la pelota.
El equipo de Dani dependía por completo de los otros dos oficiales que sí sabían moverse en el agua. Jugaban a la defensiva.
Las habilidades de Luna no eran poca cosa. A los dos hombres de enfrente, que conocían el juego, se les escapaban sus saques. Pegaba con tanta fuerza que en un par de ocasiones le dio directo a Melisa en el pecho y los hombros, y parecía que lo hacía con toda la intención.
Aunque Melisa metía las manos rápido, igual le tocaban los pelotazos.
Un par de chicas que veían desde la orilla cruzaron miradas, fruncieron el ceño y empezaron a murmurar.
—Se siente como si la trajera contra Melisa. La chava ya dijo que no sabe jugar y le tira a matar.
Al segundo siguiente.
¡Plaff! Al tratar de salvar un tiro complicadísimo de Luna, Melisa perdió el equilibrio, se hundió de espaldas y levantó un chorro de agua.
Al fin, Luna le había bajado los humos a Melisa. Inflada de orgullo y algo sobrada, preguntó con tono falso y en voz alta: —¿Todo bien, cuñada?
Dani nadó rápido hacia ella. La sacó del agua con sus fuertes brazos, mirándola con algo de preocupación, y le dijo en voz baja: —¿Estás bien? Mejor ya no juegues.
Melisa se limpió el agua de la cara. Al salir a la superficie, lucía un poco desalineada.
Realmente no servía para esos jueguitos de fiesta.
Al ver que no respondía nada, Luna aprovechó para decir: —Es solo un juego. Si ya te sentiste incómoda, te puedes salir. Lo importante es que todos nos divirtamos.
Una de las chicas de la orilla no se aguantó y le soltó: —Si sabes que lo importante es divertirse, ¿no crees que se te está pasando un poco la mano? La señorita Serrano ya dijo que es nueva en esto.
Matías saltó de inmediato para defender a Luna: —Luna siempre da el cien por ciento, ya sea en su trabajo o jugando. No le pueden reclamar por eso.
Melisa logró pararse bien, con las gotas de agua cayéndole por las puntas del cabello. Ignoró la falsa preocupación de Luna y las excusas de Matías. Quitó con suavidad el brazo de Dani que la rodeaba y le lanzó una mirada que decía: «Todo bajo control».
Luego volteó a ver a la chica que la había defendido desde la orilla, sonrió levemente y dijo con mucha calma: —Gracias por preocuparte. Estoy bien.
Volvió a clavarle los ojos a Luna al otro lado de la red. —Es cierto que a los juegos hay que echarles ganas. Eres muy buena en esto, Luna, ya aprendí un par de trucos viéndote.
Su respuesta, firme pero cortés, logró destensar un poco el ambiente que ya se estaba poniendo pesado.


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