Al darse cuenta de lo que había provocado, Luna abrió los ojos, aterrada. Su mente se quedó en blanco mientras veía cómo la sombra de la muerte se cernía sobre ella.
Quiso quitarse, pero sentía los pies clavados al suelo. No podía moverse; solo podía ver cómo esa enorme masa de metal se hacía cada vez más grande ante sus ojos.
¡Justo en ese instante de vida o muerte!
¡Una silueta apareció de la nada corriendo a una velocidad increíble!
Luna sintió un agarre de acero en la cintura antes de que una fuerza descomunal la jalara hacia atrás. El mundo le dio vueltas y, de pronto, se vio atrapada contra un cuerpo firme y cálido. Su rostro chocó contra un pecho musculoso; un olor a loción fresca, humedad y pura presencia masculina la envolvió por completo.
¡El estruendo fue brutal!
El gigantesco reflector se estrelló contra el piso rozándole la espalda. Los vidrios y las piezas de metal salieron volando por todas partes, mientras el cable pelado se balanceaba de un lado a otro soltando chispazos amenazadores.
El tremendo alboroto llamó la atención de todos en la fiesta.
No tardaron en acercarse corriendo para ver qué pasaba.
A Luna el corazón le latía a mil por hora, a punto de salírsele del pecho. El susto la había dejado con las piernas temblando.
Aún en estado de shock, levantó la mirada. Lo primero que vio fue la mandíbula tensa de Dani y su ceño ligeramente fruncido.
Se quedó helada.
¿Él la había salvado? ¡¿Dani la había salvado?!
El fuerte brazo del hombre seguía aferrado a su cintura, manteniéndola protegida contra su pecho, a salvo de una muerte casi segura.
La tela de la camisa de Dani rozaba la piel helada de Luna, transmitiéndole un calor que la hizo estremecer.
Luna se le quedó viendo, sin poder articular palabra.
Resultaba que los brazos en los que Melisa se refugiaba no tenían nada que ver con la actitud fría del coronel; eran cálidos, firmes, y brindaban una sensación de seguridad tan imponente que borraba cualquier rastro de miedo.
Tan cerca de él, Dani no mostraba ninguna emoción, pero precisamente esa frialdad y control absoluto terminaron por cautivarla en ese instante.
Tras echarle un vistazo al reflector destrozado para confirmar que no hubiera heridos, Dani soltó a Luna y se quitó el saco para echárselo encima a la joven.
—¡Luna! —Matías, que era quien estaba más cerca, llegó corriendo.
—Consíguele un médico para que la revise —le indicó Dani a Matías. Luego, dio un paso atrás para marcar distancia, cortando el contacto sin la menor pizca de interés.
Detrás de ellos llegaron más invitados y militares, quienes palidecieron al ver el tamaño de la lámpara estrellada contra el suelo.
—¡¿Qué demonios pasó?! ¡¿Cómo se cayó algo tan pesado?! ¡¿Quién fue el responsable de montar esto?! —preguntó uno de los oficiales.
El encargado de la logística estaba blanco del susto.
—No... no sé qué ocurrió. A lo mejor el equipo que rentamos ya estaba viejo. Menos mal que el coronel Soto llegó a tiempo.
Al ver cómo se daba la vuelta para marcharse, Luna soltó casi sin pensar:
—Gracias.
Dani no detuvo su paso. Sin molestarse en voltear, levantó la mano en un gesto rápido y perezoso a modo de despedida.
Mientras el personal se hacía cargo del desastre, Matías abrazó a Luna. Empezó a disculparse en voz baja, tratando de consolarla, pero pronto se dio cuenta de que la mujer no le estaba haciendo caso. Luna tenía la mirada clavada en la espalda de Dani, que se alejaba cada vez más.
La expresión de preocupación y culpa de Matías cambió de inmediato. Sus ojos se oscurecieron con un profundo resentimiento y una clara intención asesina.
Para cuando Melisa terminó de arreglarse y salió de los vestidores, Dani ya la estaba esperando con un vaso humeante.
Melisa percibió el aroma dulce y lo tomó entre las manos.
—¿Es té de jengibre?
—Para que se te quite el frío —asintió él.
La mirada de Melisa se dulcificó. Después de terminarse el té y pasar un rato más en la fiesta, Dani decidió que era hora de irse.
—¿Cuántos días te quedan de permiso? —le preguntó, deteniéndolo de la mano antes de subir a la camioneta.
—Unos dos, me parece —respondió él, curioso—. ¿Por qué la pregunta?

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