Melisa levantó el rostro, mirándolo con sus hermosos ojos brillantes.
—Recuerdo que tienes un avión privado. ¿Podemos despegar a la hora que sea?
—¿Eh? Ah... sí.
Dani le acarició el dorso de la mano con el pulgar, sintiendo cómo la expectativa le aceleraba el pulso.
—¿A dónde se te antoja ir?
—A la isla que me regalaste. Dijiste que ahí se ven las estrellas mejor que en cualquier otro lado, ¿no?
La mano de él se quedó quieta. Bajó la mirada hacia ella con los ojos oscurecidos, mientras el corazón le daba un vuelco en el pecho.
—¿Ahorita? Todavía le falta mucho arreglo; está prácticamente virgen, no hay nada construido.
—¿Y eso qué tiene? —replicó ella, encogiéndose de hombros—. ¿Hace frío allá?
Dani no pudo evitar soltar una risita.
—Para nada. El clima es tropical, vas a necesitar un vestido ligero o unos shorts.
—¿Entonces podemos ir? —insistió, dando un paso más hacia él—. Podríamos usar el cielo de cobija y la arena de cama.
A Dani se le cortó la respiración por un segundo.
Se quedó mirándola. En esos ojos grandes y claros no había rastro de burla ni timidez; hablaba totalmente en serio.
Melisa siempre era así. Bastaba una frase directa suya para desarmarlo por completo y despertar todos sus instintos.
El hombre dejó escapar una risa ronca que le hizo vibrar el pecho. Apretó la mano que sostenía y comenzó a acariciarle los nudillos, delatando una tensión ardiente.
Por su parte, Melisa notó de inmediato cómo los brazos de Dani se ponían rígidos, y estando tan cerca, escuchaba a la perfección cómo él se esforzaba por contener la respiración acelerada.
Con un toque de malicia, Melisa pasó la punta de la lengua justo donde lo acababa de morder.
Un gruñido ahogado se le escapó a Dani de entre los dientes.
Sus ojos se oscurecieron de golpe, ardiendo con un fuego capaz de consumirlos a los dos.
Con un movimiento brusco, la tomó de la cintura y la pegó con fuerza contra su cuerpo, sin dejar ni un milímetro de separación entre ellos.
Dani bajó la cabeza, juntando sus frentes y rozando la nariz de ella con la suya, mezclando sus alientos ardientes.
—Melisa... —murmuró con una voz cargada de peligro, pero al mismo tiempo con la resignación de alguien que ha llegado a su límite—. Sabes perfectamente que no puedo resistirme a ti.

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