Estaban en el estacionamiento de la fiesta; cualquier persona podía pasar en cualquier momento, y aun así, ella lo estaba provocando a la vista de todos.
Melisa se le quedó mirando. Al ver el rostro del hombre dividido entre el deseo y el autocontrol, una chispa de travesura brilló en sus ojos.
En el fondo, le encantaba verlo perder la compostura por ella; le fascinaba la idea de bajarlo del pedestal de frialdad donde todos lo ponían, y volverlo terrenal.
—¿No te gusta? —le preguntó a propósito, con la respiración entrecortada.
Dani la fulminó con la mirada, oscurecida a un nivel intimidante, y le respondió entre dientes:
—Me vuelve loco.
Al segundo siguiente, se acabó el juego. Dani se abalanzó sobre sus labios, devorando esa sonrisa llena de picardía y provocación sin darle oportunidad de hacer otra travesura.
En ese instante, la nevada navideña arreció. Los gruesos copos de nieve caían sobre sus rostros y cabellos, derritiéndose de inmediato ante el calor del apasionado beso.
Melisa sintió que las rodillas le fallaban. Tuvo que aferrarse a los anchos hombros del hombre, dejándose llevar por aquel inesperado huracán de pasión, y dejó escapar un leve gemido.
Ese ligero sonido le devolvió a Dani una pizca de cordura.
Como no estaba dispuesto a que nadie más viera a Melisa en ese estado, se separó de sus labios con mucho esfuerzo. Sin embargo, no la soltó; la mantuvo abrazada mientras los pechos de ambos subían y bajaban frenéticamente.
Al verla con los ojos entornados y los labios enrojecidos e hinchados por el beso, Dani volvió a tragar saliva con pesadez.
—Nos vamos... —soltó él, con la voz tan rasposa que apenas se le entendía, movido por un deseo innegable—... al aeropuerto. ¡Ahorita mismo!
Casi cargándola, la metió al asiento del copiloto de la camioneta. A pesar de la prisa que tenía, se tomó el tiempo para abrocharle el cinturón de seguridad.
Cerró la puerta, rodeó el cofre y se subió del lado del conductor. Arrancó el motor, y la camioneta rugió con la misma intensidad que el corazón desbocado de Dani antes de salir disparada hacia el aeropuerto privado.
A través de las ventanas, el paisaje nocturno se volvió un borrón de luces a toda velocidad.
Dentro del vehículo, la tensión y el deseo flotaban en el aire de forma casi asfixiante.
Con una mano en el volante, Dani nunca soltó la mano de Melisa. Sus dedos acariciaban el dorso de la chica de forma insistente, como si solo así pudiera mantener a raya a la bestia que estaba a punto de salirse de control.
Melisa observaba el perfil tenso del hombre. Podía sentir el calor abrumador de su palma y cómo empezaba a sudar; el corazón le latía como tambor.
Sabía perfectamente que esa noche, bajo el cielo estrellado y en esa isla solitaria que era solo para ellos, la iban a pasar increíble.
—Dani... —lo llamó en voz baja.
—¿Mande? —respondió, sin perder la ronquera.
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