El ambiente olía a azufre mezclado con el aroma a tierra mojada de la selva, creando una vibra súper relajante.
—¿Te quieres bañar? Aquí no hay mucha agua dulce, y desde anoche no nos hemos dado un buen baño —Dani le dio un beso en la cabeza con tono sugerente—. Mandé a analizar el agua, está limpiecita.
La verdad es que, desde que llegaron, se la habían pasado encerrados en la tienda dándole vuelo a la hilacha toda la noche y gran parte del día; Melisa ya sentía que olía a sudor.
—Vamos a bañarnos.
Cuando se acercó a la orilla, notó que ya había sillas para acampar, un tapete, y hasta alguien había dejado toallas, fruta y botana con alcohol.
Volteó a ver a Dani.
—¿A poco ya tenías todo esto planeado?
Dani carraspeó un poco.
—Aposté a que no me ibas a decir que no.
Melisa se quedó sin palabras.
Se quitó la ropa y se metió al agua caliente.
En menos de un minuto sintió cómo se le relajaban todos los músculos.
Soltó un suspiro de alivio; el vapor hacía que todo se viera borroso, pero los sentidos se le pusieron al cien.
Dani estaba a su lado, mirándola fijamente a través de la neblina.
Las gotas de agua le resbalaban por el pecho marcado hasta llegar al abdomen.
Su mirada era tan intensa que casi quemaba igual que el agua termal.
—Melisa, ven —le pidió con voz ronca, extendiendo la mano.
El corazón de Melisa dio un brinco, pero no dudó ni un segundo y se acercó flotando hacia él.
Sus cuerpos calientes chocaron en el agua; podían sentir el latido del otro.
Él la agarró fuerte por la cintura y la pegó a él.
Con la otra mano le acarició la espalda; sus dedos ardían mientras bajaban lentamente por su columna.
El agua hizo que todo fuera más intenso; cada movimiento de su mano creaba onditas que los rozaban.
Melisa levantó la mirada, con las pestañas mojadas, viendo la cara guapísima de su novio acercándose.
Dani le dio un beso en el párpado, luego en la nariz, y por último se adueñó de su boca.
El agua se movía con sus cuerpos haciendo un ruido coqueto; Melisa le pasó los brazos por el cuello y le enredó los dedos en el cabello mojado, siguiéndole el ritmo.
Los besos de Dani bajaron por su cuello hasta la clavícula, dejándole marcas calientes.
Melisa nunca lo había hecho en el agua; sintió el choque de temperaturas y se mordió el labio soltando un gemido, apoyándose en su hombro mientras respiraba agitada.

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