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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 727

Melisa se acercó al pizarrón con sus cosas en la mano y levantó la vista hacia la partitura. Mientras analizaba las notas con la mirada, la gente no dejaba de amontonarse a su alrededor. Una señora que andaba de curiosa notó lo concentrada que estaba y le preguntó: —Oye, muchacha, ¿tú estudias aquí? Melisa bajó la mirada, se colgó la bolsa de papel en el antebrazo y agarró un lápiz y un bloc de notas que habían puesto ahí para que los estudiantes y visitantes dejaran sus comentarios. Sonrió ligeramente y contestó: —No, nada más ando de curiosa. Justo cuando Melisa estaba a punto de apuntar unas ideas sobre cómo se podría reconstruir la pieza, se armó un alboroto a sus espaldas, acompañado de una voz bastante grosera. —¡Abran paso, con permiso! Un grupo de chavos venía abriéndose camino a la fuerza, rodeando a un muchacho que llevaba un saco de terciopelo. Se metieron entre la gente a empujones, y uno de ellos le dio un golpe en el codo a Melisa. El lápiz rayó el papel sin sentido. Melisa se hizo a un lado para no armar pleito, mientras la bolsa que llevaba en el brazo se balanceaba. A los turistas que estaban ahí no les hizo ninguna gracia. —¡Oigan, qué les pasa! ¡Fórmense como los demás! —les reclamó alguien. Uno de los chavos que se había metido a la fuerza se señaló el gafete en el pecho con una actitud insoportable. —Nosotros somos alumnos de la división A del conservatorio. No somos turistas. Venimos a resolver el acertijo. Al escuchar que eran estudiantes de la escuela, y de la división más prestigiosa, todos se callaron la boca. Todo el mundo sabía que los graduados de la Real Academia de Bellas Artes eran la élite de sus respectivas áreas. La gente no tuvo más remedio que hacerse a un lado para dejar pasar al muchacho del saco, que traía un uniforme a la medida y caminaba con aires de grandeza. Samuel Luján llegó hasta el frente sin siquiera molestarse en pedir disculpas a los que había empujado. Clavó la mirada en la partitura, frunciendo el ceño por inercia, como si fuera un juez evaluando una obra de arte. Sus amigos se pusieron a su lado, acaparando el mejor lugar y empujando a Melisa y a la señora hacia la orilla. La señora murmuró, bastante molesta: —Estos jóvenes de ahora, nomás porque tienen dinero se creen con derecho a ser unos maleducados... A Samuel le entró por un oído y le salió por el otro. Su atención estaba cien por ciento en las notas musicales. Después de observarla un rato, esbozó una sonrisa arrogante. Habló en voz alta, dirigiéndose tanto a sus amigos como a todos los que estaban ahí de chismosos: —El señor Danis sí que nos puso un buen reto esta vez. Pero los problemas solo son difíciles cuando la gente no sabe cómo enfocarlos. Señaló la enorme mancha borrosa en el centro de la partitura. —Miren esto. El daño es tan grave que intentar rellenar las notas a la fuerza es una pérdida de tiempo. Un verdadero músico sabe cómo crear magia en los espacios en blanco. Si me lo preguntan, en lugar de intentar copiar lo que había, deberíamos componer un solo improvisado. Usar una armonía moderna para deconstruir y hacerle un homenaje a lo clásico generaría un impacto muchísimo mayor. Aferrarse a restaurarla tal cual es asfixiar la creatividad artística. Hablaba con muchísima seguridad, usando palabras rimbombantes y mencionando corrientes musicales modernas. Sonaba tan profesional y tenía tanta presencia por ser el estudiante estrella, que de inmediato se robó la atención de los presentes. Algunos hasta asintieron, mirándolo con admiración. La señora no entendió ni papa, pero pensó que el muchacho debía ser un genio, así que se olvidó del empujón. Mientras tanto, Melisa se quedó a un lado, acomodándose la bolsa de estraza en el brazo sin hacer ruido. Miró la hoja de papel que se le había rayado por el empujón, la hizo a un lado y agarró una hoja limpia. No hizo ni el menor gesto ante el discursito pretencioso de Samuel. Después de soltar toda su sabiduría, Samuel levantó la barbilla, disfrutando de los halagos de aquellos turistas incultos. De reojo, se fijó en la chica que estaba parada a su lado. Al verla vestida con ropa tan sencilla, cargando una bolsita de panadería y con un lápiz en la mano, dio por hecho que era la típica turista ridícula que quería hacerse la intelectual frente a alguien importante. —Ah, creo que te empujé hace rato —dijo, con un tono condescendiente, como si le estuviera haciendo un favor al hablarle—. ¿A ti también te interesa la partitura? Vi que estabas escribiendo algo. Bajó la mirada hacia el papel que Melisa traía en la mano, pero estaba en blanco. Melisa levantó la vista y asintió. —Sí, tengo una idea. —¿Ah, sí? —Samuel la barrió con la mirada. Al no verle ningún gafete de la academia, soltó una risita burlona—. ¿Eres turista, no? ¿Qué idea podrías tener tú? Melisa no se dejó intimidar por el tono de superioridad del muchacho. Simplemente, le lanzó una pregunta: —¿De qué época crees que sea esta partitura? A Samuel se le borró la sonrisa de golpe. ¡La partitura estaba tan destruida que nadie en su sano juicio podría adivinar el año! ¡Y mucho menos siendo una copia impresa en una simple hoja!

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