—Tengo asuntos que atender, así que no podré quedarme por mucho tiempo. Pero si tiene alguna duda en estos dos días, puede buscarme sin problema. Tengo gran parte de los datos grabados en la memoria —respondió Melisa.
Durante el último periodo de su estancia en Colombia, ayudaría a Bonic en la investigación en todo lo que pudiera.
En ese momento, entregaron una nueva remesa de datos experimentales al laboratorio.
Melisa llevó a Bonic hasta los documentos y le explicó:
—Esta es la investigación que llevé a cabo en Santa María. Inicialmente estaba a cargo de los Durán, pero después tomé las riendas yo misma. Se trata de la cura para el problema neurológico de Dani Soto.
—He escuchado sobre ese padecimiento —dijo Bonic—. Al final compraron el Suero N79 en Novygen Biotecnología, y eso logró neutralizar las toxinas para que pudiera llevar una vida normal, ¿cierto?
Melisa asintió.
—Así es. Gracias al descubrimiento de la Menta Andina, ese problema ya está prácticamente resuelto. Solo falta superar la fase de los ensayos clínicos. Me gustaría que usted se hiciera cargo de las pruebas de ahora en adelante; mi equipo lo apoyará en todo. Una vez que aseguremos el éxito, lo aplicaremos en Dani Soto.
Bonic asintió con un brillo de profunda admiración en los ojos.
—Eres muy joven y ya has logrado cosas que este viejo jamás alcanzaría en diez vidas. Eres verdaderamente formidable.
Melisa le dedicó una sonrisa.
—Dejo el resto en sus capaces manos.
—Pierde cuidado —respondió Bonic, y su mirada evidenció la inmensa pasión que sentía por la investigación académica.
Tras dejar todo en orden en el laboratorio, Melisa regresó a la mansión.
Nicanor estaba en medio de una reunión con varios de los altos mandos de la familia Costa. Aureliano Valdez también estaba presente. Al ver a Melisa pasar frente a la ventana, Aureliano interrumpió la junta:
—¿Por qué no escuchamos la opinión del afamado Médico Milagro... es decir, tu hermana?
Nicanor, al notar que su hermana había vuelto, se apresuró a intervenir:
—Mi hermanita es frágil y delicada. Ella no se mete en nuestros negocios peligrosos.
Ante ese comentario, los hombres de élite, que habían presenciado la masacre ocurrida en África, no pudieron evitar soltar una risita.
Cuando Nicanor los fulminó con una mirada glacial, uno de ellos se encogió de hombros y le dijo con prudencia:
—Jefe, usted siempre dice que su hermana es muy delicada, pero yo mismo la vi romperle el cuello a un gigante con sus propias manos; y cuando se trata de cortar gargantas, no le tiembla el pulso en absoluto. Tal vez debería dejar de lado sus prejuicios. Su hermana es una tigresa feroz.
—¿Quién es una tigresa?
Melisa estaba recargada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa a medias.
El hombre que había hablado se calló de inmediato. Aureliano le extendió una invitación formal:
Aureliano no se anduvo con rodeos.
—Simplemente pensé en algo que Nicanor también sabe, pero que jamás se atrevería a proponer. Si llevamos a cabo ese plan, la tasa de éxito será del cien por ciento. A fin de cuentas, ¿quién no mataría por un cargamento de armas exclusivas del Señor X? Usar eso como carnada para que los Colombo muerdan el anzuelo sería un juego de niños.
El silencio inundó la sala; todas las miradas se posaron en Melisa.
Nicanor, efectivamente, había considerado ese plan, pero se negaba en redondo a utilizar la identidad y las conexiones de su hermana. En su cabeza, su único trabajo era protegerla a toda costa.
Por lo tanto, abrió la boca para rechazar la propuesta de tajo, pero Melisa se le adelantó:
—Solo usaríamos el nombre de X como pantalla. Pediré que mis hombres acerquen un barco al puerto, no es gran cosa. Hermano, no tienes de qué preocuparte.
—Pero no quiero que te expongas directamente, mucho menos si se desata un tiroteo. No solo me dolería en el alma, sino que la familia entera me despellejaría vivo —replicó Nicanor—. Antes de venirme, el abuelo me hizo jurar mil veces que te cuidaría.
Melisa le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Por supuesto que no daré la cara en un asunto tan menor. Yo soy la gran jefa.
—Entonces, ¿aceptas? —Aureliano sonrió—. Siendo así, esta noche deberás acompañarnos al banquete de forma oficial.
—Sí —dijo Melisa con tono sereno—. Dejen que Karina corra la voz. Definan el puerto y avísenme; mi barco llegará en tres días. Pondré algunas armas reales a la vista para despistarlos. Pero las mentiras tienen patas cortas, así que ella tendrá que moverse muy rápido.

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