La mirada de Aureliano se tornó pensativa.
—¿De verdad crees que esa chica terminará volviendo a su lado?
—La verdad siempre sale a la luz. Además, compartimos la misma sangre, no somos estúpidos —respondió Melisa con calma—. Si sigue actuando como un posesivo desquiciado y no consigue lo que quiere, terminará destrozando a Teresa. No voy a permitir que eso suceda. Les estoy regalando el tiempo necesario para que maduren y entiendan sus propios sentimientos.
Aureliano soltó una carcajada de admiración.
—No me sorprende que seas el Médico Milagro y el famoso Señor X al mismo tiempo. Tu mente está a años luz del resto.
Nicanor abrió de una patada las puertas de la villa.
Los neumáticos chirriaron brutalmente sobre la grava del jardín. Se bajó del auto sin siquiera molestarse en cerrar la puerta; su cabello, siempre impecablemente peinado, lucía desordenado por el viento, y en sus ojos se asomaba la tormenta perfecta.
—¿Dónde está? —rugió con voz áspera, clavando su mirada como cuchillos en cada persona de la sala.
Aureliano descansaba junto a la chimenea. Melisa ordenaba su maletín médico, acompañada por Dani. Águila y Huracán permanecían en un silencio sepulcral, fundiéndose con las sombras.
Aureliano levantó la vista lentamente.
—¿De quién hablas?
—¡De Teresa! —Nicanor acortó la distancia en un segundo y apoyó las manos en los reposabrazos del anciano, inclinándose hacia él con la mandíbula apretada—. El equipo de rescate en el fondo del cañón... Me dijeron que no atraparon a nadie. ¿Dónde demonios está?
El crepitar de la leña en la chimenea se mezcló con la furia reprimida en el rostro de Nicanor. Parecía a punto de romperse en mil pedazos.
Melisa dejó a un lado el rollo de gasa que sostenía y habló con una tranquilidad pasmosa:
—Nicanor, el señor Aureliano instaló los colchones de aire y preparó al equipo de rescate tal como lo planeamos. Pero, cuando ella saltó, las ráfagas de viento en el fondo fueron mucho peores de lo calculado. Los colchones se movieron de lugar y el equipo solo pudo atrapar su suéter.
Águila se adelantó y le extendió el conocido abrigo de punto color crema, que aún tenía restos de pasto y hojas enganchados.
Al ver la prenda, las pupilas de Nicanor se contrajeron. Reconocía perfectamente el abrigo de Teresa.
—Es imposible... —murmuró, sacudiendo la cabeza y retrocediendo un paso, rehusándose a creerlo—. Un trabajo tan sencillo no podía salir mal. Calculamos la dirección del viento y el ángulo de la caída. ¡Incluso pusimos redes de seguridad por si había margen de error! ¿Dónde está, Melisa?
Nunca en su vida le había hablado en ese tono a su hermanita, la niña mimada de la familia, pero el terror lo estaba consumiendo. En el fondo, sabía que Melisa era la única capaz de ayudar a Teresa.
—La estás escondiendo, ¿verdad?
Avanzó hacia ella buscando respuestas, pero Dani se interpuso al instante, apoyado en su bastón. Su rostro era de piedra.
—Melisa no tiene nada que ver con esto, así que no le levantes la voz. Más bien, deberías empezar a cuestionar tus propias acciones.

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