La habitación quedó sumida en un tenso silencio, roto únicamente por su respiración pesada y el débil murmullo de Karina dando órdenes a los empleados en la planta baja.
Fueron solo unos segundos, pero se sintieron como toda una vida.
De repente, las comisuras de los labios de Nicanor se movieron en una sonrisa imperceptible. Con la voz tan rasposa que apenas se entendía, murmuró:
—Sigue viva.
Melisa no afirmó ni negó nada. Solo le sostuvo la mirada, reflejando en sus ojos una serenidad que parecía decirle: "Por fin estás usando la cabeza en lugar de guiarte por la desesperación."
Esa mirada bastó para que el inmenso peso que asfixiaba el corazón de Nicanor se desvaneciera. La oscuridad y la culpa que casi terminan con él durante los últimos días comenzaron a disiparse, dejando entrar un rayo de luz que le devolvió el aliento.
Cerró los ojos y, al abrirlos de nuevo, la tormenta de emociones que los había nublado desapareció, transformándose en una calma absoluta.
—Perdóname, hermanita —susurró, con la garganta todavía herida—. No debí haberte levantado la voz.
—Soy un perfecto imbécil —sonrió con amargura, riéndose de su propia estupidez.
Melisa posó su mano sobre el hombro de su hermano y lo palmeó con cariño.
—Si estás dispuesto a darle el espacio que necesita y te lo tomas con calma, todavía hay una oportunidad de arreglar las cosas.
Un rayo de sol se coló por la ventana, iluminando su rostro pálido. Nicanor cerró los ojos y, por primera vez, aceptó con total tranquilidad lo que significaba "perder", para entender qué debía hacer para volver a "ganar".
Todo rastro de amargura desapareció de su mente, y Nicanor volvió a ser el líder indiscutible de los Costa. Su aura se volvió aún más calculadora y serena, escondiendo sus emociones bajo siete llaves para que nadie pudiera predecir su próximo movimiento.
Mientras tanto, los rumores que circulaban por las calles decían que el jefe de los Costa había enfermado de gravedad y estaba en cama, todo a raíz del robo del cargamento millonario de armas de contrabando. Se decía que la familia había perdido más de mil millones de dólares, generando un caos interno que lo tenía al borde del colapso.
Tras una larga espera, Karina se presentó con excelentes noticias ante los Colombo: había logrado obtener la contraseña.
La mansión entera estalló en júbilo. Salvador la tomó por la cintura, exigiendo el código con ansias.
Ella lo apartó sutilmente y se dirigió al patriarca de la familia, quien ocupaba el asiento principal.
—Quiero lo que me prometieron.
—Eres la salvadora de esta familia —dijo el viejo líder, haciéndole un gesto a Salvador.
El hombre, a regañadientes, llamó a una de las mujeres presentes, quien se acercó con mala cara y le entregó un manojo de llaves y los registros de los gastos básicos de la familia.
Karina los tomó, comprobó que todo estuviera en orden y sacó una pequeña tarjeta del bolsillo que le entregó a Salvador.

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