El hermano mayor, Mateo Núñez, todavía seguía reprendiendo a Nicanor, quien se encontraba lejos en Colombia: —Te pedí mil veces que cuidaras bien de ella; seguro te descuidaste.
Orfeo, el segundo hermano, le entregó un hermoso ramo de flores a Melisa. Acariciándole suavemente el cabello, le dijo con voz llena de ternura y preocupación: —Qué alivio que hayas regresado a salvo. Tuviste que pasar por mucho, hermanita.
Toda la familia se arremolinó alrededor de Melisa, hablando unos sobre otros. Ese ambiente cálido y rebosante de amor hizo que la sonrisa de la joven no desapareciera ni por un segundo.
Ella siempre tenía una paciencia infinita y una gran indulgencia con los suyos. Después de tranquilizar y mimar a su familia un buen rato, todos se sentaron con alegría a disfrutar de una reconfortante cena de celebración familiar que tanto anhelaban.
Orfeo, en un inusual arranque de curiosidad sobre sus planes, le preguntó: —Sé que este asunto de Dani Soto está lejos de terminar. Los Soto son un desastre en este momento. ¿Ya tienes pensado qué vas a hacer, hermanita?
Melisa asintió con serenidad. —Sí. Mañana me caso con Dani.
Las sonrisas radiantes que iluminaban los rostros de la familia se congelaron en seco.
Mateo abrió los ojos de par en par. Aquello no tenía nada que ver con lo que habían discutido en sus reuniones previas.
—¿Mañana? —soltó de inmediato—. Espera, ¿por qué tan de repente? ¿Por qué tienes que casarte?
—Se me ocurrió de pronto —respondió Melisa con naturalidad—. Con ese estatus, me será mucho más fácil intervenir y aplastar a Salvador y a su familia. —Se levantó de su asiento para traer un documento que dejó sobre la mesa—. Estas son las escrituras de la mansión de los Soto que el abuelo me entregó hace tiempo. La casa en la que viven ahora es mía.
Durante la Navidad, aquel anciano le había regalado la propiedad. Ahora, era el momento perfecto para hacer uso de ella.
Mateo adivinó sus intenciones. —¿Quieres echarlos a la calle?
Melisa sonrió levemente. —Es mi casa.
Entonces, ¿qué había de malo en hacerlo?
Todo su plan marchaba exactamente como lo había previsto.
Dani no soportaba estar en la mansión de los Soto. Apenas había pasado un día desde que se separaron, y él ya había ido a buscarla a la residencia de los Núñez.
Al bajar, Melisa lo vio sentado en el jardín, disfrutando del sol. Arqueó una ceja. —Justo iba a ir a buscarte, pero veo que te adelantaste.
Dani sonrió y levantó la mirada hacia ella. —Te extrañaba.
La luz del sol se posaba sobre las líneas marcadas de su rostro, dándole una suavidad inesperada.
Melisa se inclinó y le dio un dulce beso. —Entonces vámonos. A esta hora ya deben estar abiertos.
—¿A dónde vamos? —preguntó Dani.
Renato les abrió la puerta del auto.
Melisa negó con la cabeza y le dijo: —Dani vendrá en mi auto. Renato, regresa y trae sus documentos de identidad.
Renato parpadeó, confundido. —¿Los papeles del coronel? ¿A dónde se los llevo?
—Al Registro Civil —sentenció Melisa.
Renato abrió los ojos como platos, olvidando toda formalidad. —¡Se van a casar en secreto!
¡Aquello era demasiado repentino!
—Melisa —pronunció su nombre con lentitud—, esto es parte del plan, ¿verdad? —No era una queja, sino una simple afirmación.
Melisa no lo negó y asintió con total franqueza: —Sí. Esto hará que nuestro plan se ejecute con mucha más eficiencia.
Al escucharla, un tenue brillo parpadeó en los ojos del hombre.
El auto se detuvo frente a las puertas del Registro Civil.
—Entonces —se inclinó hacia ella, tan cerca que podían sentir el aliento del otro—, ¿hay al menos una mínima parte de esto que se deba a que quieres casarte conmigo, y no solo porque necesitas el título de mi esposa?
Preguntó sin rodeos, con la mirada clavada en ella, negándose a pasar por alto cualquier cambio en su expresión.
Melisa lo miró a los ojos, contemplando esa llama cautelosa pero deslumbrante que ardía en su interior.
—Qué tontería —murmuró, sin poder evitar tomar el rostro de él entre sus manos. Aquel gesto lo tomó por sorpresa.
Luego, volvió a besarlo, esta vez con más intensidad, transmitiéndole toda su calidez y su firme resolución.
Se separó al poco tiempo, apoyando su frente contra la de él, con las narices rozándose y las respiraciones entrelazadas.
—Aunque firmemos los papeles hoy, más adelante vas a tener que arrodillarte, preguntarme formalmente si quiero ser tu esposa, esperar mi respuesta y darme una boda espectacular. ¿Entendido?
Dani comprendió de inmediato, y la comisura de sus labios se elevó en una sonrisa radiante.
—Entendido.

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