—¿Nos echaron de la mansión? ¡¿Cómo se atreven?! —Luna nunca había sido sometida a semejante humillación. Se volvió hacia los empleados que estaban en el patio y les gritó enfurecida—: ¡¿Dónde está Dani?! ¡Háganlo salir ahora mismo!
La única que dio un paso adelante fue Melisa. Recogió la ropa que había quedado en el suelo y la arrojó fuera de la reja. Soportando la mirada venenosa de Luna, levantó ligeramente la barbilla y declaró: —Ahora esta es mi casa. Yo decido quién vive y quién se va.
—Además, los bienes de mi esposo son mis bienes, y su poder es mi poder.
Melisa continuó con tono glacial: —Desde que llegaron a la familia Soto, cada moneda que gastaron la he considerado como una obra de caridad de mi esposo. Pero a partir de hoy, les corto absolutamente todos los suministros financieros en Monteverde. Eso incluye todos los centros comerciales, agencias de entretenimiento y clubes exclusivos propiedad de los Soto.
—Si la señorita Luna quiere seguir viviendo rodeada de lujos, que su maravilloso novio se gane el pan con el sudor de su frente.
Dicho esto, Melisa le ordenó al mayordomo que cerrara las imponentes puertas de hierro.
En ese mismo instante, desde la habitación del segundo piso, Dani hizo una llamada. —Vigilen de cerca todos los movimientos de Luna.
Desde el otro lado de la reja, el mayordomo se despidió con amabilidad, pero con un tinte de burla: —El camino de bajada es bastante largo y es difícil conseguir un vehículo por aquí. Si empiezan a caminar ahora mismo, quizá lleguen al centro de la ciudad antes del anochecer y encuentren dónde dormir.
Luna estaba a punto de enloquecer. Se aferró a los barrotes con los ojos inyectados en sangre. —¡Melisa Serrano! ¡Si te atreves a hacerme esto hoy, te juro que te destruiré!
El mayordomo fingió limpiarse el oído y le respondió con desdén: —Señorita Luna, esa frase parece ser su lema de vida. A decir verdad, ¿quién se cree que es usted? ¿Acaso piensa que tiene derecho a amenazar a la señora de la casa?
El tono irónico del empleado enfureció aún más a la extranjera, quien descargó toda su ira sobre Matías. —¡Me prometiste que esta vez iba a funcionar! ¡Me aseguraste que íbamos a ganar! ¡¿Por qué dejas que esa perra me humille de esta manera?!
La única carta de triunfo que Salvador y su familia tenían bajo la manga era el Grupo Aris. Por lo tanto, aunque Luna los tratara peor que a perros, no tenían más opción que aguantar.
Durante todo el largo descenso, Matías sostuvo a Luna, la abrigó con su propio saco e intentó tranquilizarla pidiéndole perdón una y otra vez. Pero ella no dejó de maldecirlo y gritarle en francés durante todo el trayecto.
—¡No sé en qué estaba pensando cuando me enamoré de ti! ¡Me opuse a mi padre solo para venir a este país miserable por ti! ¡Y al final resultaste ser un don nadie que no le llega a los talones a Dani!
—¡Cómo es posible que viniendo del mismo vientre sean tan diferentes!
Los ojos de Matías brillaban de ira contenida. Las venas de su cuello estaban a punto de reventar, pero no se atrevió a levantarle la voz.
—Primero buscaremos un hotel para instalarnos y esperaremos el próximo movimiento —dijo Salvador con voz sombría—. Iván Cordero no tardará en hacer algo.
Sin embargo, cuando la familia por fin logró llegar a la bulliciosa ciudad tras caminar desde la mañana hasta el anochecer, se encontraron con un muro inquebrantable. Intentaron registrarse en cinco de los hoteles de lujo más reconocidos, pero en todos fueron rechazados sin contemplaciones.
La respuesta siempre era la misma. Los recepcionistas, con una sonrisa profesional, les decían: —Hemos recibido indicaciones de los altos mandos; lamentablemente, no podemos alojarlos.

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