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En ese momento, Salvador y su familia tenían problemas mucho más graves con los que lidiar.
La razón por la que habían vuelto a Monteverde era para usar a Jéssica Morales y jugar la carta emocional frente a Dani. Así podrían espiar cada uno de sus movimientos, filtrar información al país enemigo y detonar una crisis militar. Con la guerra en puerta, el arsenal del Grupo Aris se vendería como pan caliente, y ellos ganarían una fortuna gigantesca en el proceso.
El plan parecía infalible, pero nada salió como esperaban.
El papel de madre abnegada de Jéssica no sirvió para nada, y su codicia por quedarse con el imperio de los Soto quedó expuesta a la vista de todos. Su situación actual era el reflejo de un fracaso rotundo.
—Los altos mandos de Aris están furiosos. Dani es un hueso duro de roer, y esa mujer que tiene a sus espaldas es todavía peor —suspiró Salvador—. Si simplemente huimos después de arruinar todo el plan, no nos dejarán vivir.
Matías se frotó la cabeza con frustración. —Incluso Iván Cordero está con el agua al cuello. El Presidente lo tiene bajo la mira y no se atreve a mover un solo dedo. ¿Qué vamos a hacer?
Jéssica titubeó antes de hablar. —¿Y si... y si volvemos a rogarle a Dani?
—Mamá, deja de soñar despierta. A Dani le das lástima, no te soporta y, para colmo, es evidente que siempre me has preferido a mí —escupió Matías, revelando la amarga verdad que hasta él mismo comprendía—: Lo pariste, pero nunca lo cuidaste ni lo criaste. Ese hombre no se va a dejar conmover por lazos de sangre. Lo más seguro es que te odie a muerte.
Jéssica palideció y no volvió a abrir la boca.
—Voy a llevar a Luna a dar un paseo para que se despeje. No me conviene que hable mal de mí con su padre; necesito mantenerla contenta.
Por los gritos de Luna, también se habían enterado de un dato crucial: Monteverde había quintuplicado su presencia militar en las fronteras. Para el padre de la joven, intentar infiltrar tropas para sacarla del país era una misión casi suicida.
Por eso, Luna no se atrevía a romper definitivamente con Matías. Estar sola en un país extranjero y hostil no era una buena idea. Así que aceptó la invitación de su novio, y ambos se dirigieron a un exclusivo restaurante japonés.
El lugar, un izakaya de apariencia sobria, estaba oculto al pie de una montaña en las afueras de Santa María. Las cortinas de madera de la entrada aislaban por completo el ruido del mundo exterior.
Dentro de la sala privada, Matías depositó con extremo cuidado un fino corte de atún en el plato de Luna. La iluminación tenue y el efecto del sake ayudaron a relajar un poco la tensión que la joven había acumulado durante el día.
—Este restaurante es propiedad de un excompañero mío de la universidad. Todos los ingredientes llegan directamente desde el puerto cada mañana. Es comida de primer nivel.
Matías observaba sus reacciones de reojo, bajando el tono de su voz. —Sé que has estado sometida a mucha presión. Fue mi error no haber manejado bien los asuntos de mi familia, y terminé arrastrándote a esto.
Luna le dio un sorbo al sake y forzó una leve sonrisa. —Ya no importa. Solo terminemos de comer.
Sin embargo, la paz no duró mucho tiempo.
Unos hombres altos y fornidos, enfundados en trajes negros, vigilaban ambos lados del corredor con expresiones amenazantes. En el centro de ese grupo, de espaldas a la habitación de Luna, un hombre de traje gris estaba negociando con el dueño.
Cuando ese hombre ladeó ligeramente la cabeza para dar una orden, la cálida luz del pasillo iluminó su nuca. En la base de su cuello, muy cerca de la línea del cabello, se podía ver claramente una cicatriz gruesa y rojiza. Justo al final de esa marca, llevaba tatuado un símbolo negro, sencillo pero escalofriante: una X.
Aquellas líneas eran un sello inconfundible.
Las pupilas de Luna se encogieron, y su sangre pareció congelarse en ese instante. Toda su arrogancia y rabia se esfumaron, siendo reemplazadas por un terror paralizante.
Ella conocía ese símbolo. Lo había visto de casualidad entre los archivos más ultrasecretos en la oficina de su padre.
¡Eran sus mayores enemigos comerciales, una organización armamentística independiente que operaba bajo el nombre de Señor X!
¡Solo los sicarios del Señor X llevaban cicatrices quirúrgicas tan evidentes y ese tatuaje!
¡¿Qué demonios hacían en Monteverde?! Y por lo que parecía... ¿estaban negociando? ¡El Señor X jamás operaba fuera de las sombras, mucho menos pisaba el territorio oficial de un país de forma tan descarada!
En una fracción de segundo, la mente de Luna trabajó a toda velocidad. Los hombres del Señor X nunca habían visto su rostro, ya que ella había estado resguardada en Oceanía toda su vida. ¡Esa era la oportunidad perfecta para infiltrarse y conseguir información para su padre!

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