La mano de Orfeo se acercó lentamente hacia su hombro...
Era demasiado intenso.
Tras el castigo, la sensibilidad de su cuerpo se había multiplicado. El roce más sutil se convertía ahora en una ola imparable que amenazaba con ahogarla.
...
—Señor Núñez, por favor, tómeme, se lo ruego —lloraba Emilia, aferrándose al brazo de él con sus manos sudorosas, buscando desesperadamente un ancla.
—Si vas a suplicar, al menos hazlo bien —respondió Orfeo, impasible. Ni siquiera se había desabrochado el traje. Seguía luciendo como un aristócrata intocable, aunque en sus ojos ardía un deseo implacable de control.
—Por favor, úselo, destrúyame.
Al escuchar lo que quería, Orfeo sonrió levemente y deslizó su mano por la mejilla de ella...
Las pupilas de Emilia se dilataron al máximo...
Pasó mucho tiempo hasta que ella logró recuperar el aliento...
Emilia yacía en el sofá, totalmente sin fuerzas. Su pecho subía y bajaba rápidamente, y su mirada perdida tardó en enfocarse de nuevo.
Años atrás, gracias al apoyo de Melisa, había conseguido entrar al Estudio Núñez. Era la oportunidad con la que soñaba cualquier asistente en el mundo musical: trabajar junto a uno de los mejores pianistas.
Creía que ese trabajo mejoraría su vida y la encaminaría hacia un futuro brillante. Durante un tiempo, apenas sintió la necesidad de lastimarse y tampoco recurrió a su adicción para liberar estrés.
Emilia llegó a pensar que se había curado.
Cada mañana, al entrar a esa oficina con olor a madera y cuerdas de piano, y al escuchar la música que provenía de la sala de ensayos, se sentía como una persona normal.
No necesitaba cortarse la piel a medianoche para asegurarse de que seguía viva, ni entrar a foros anónimos para buscar almas rotas con las que compartir un consuelo efímero.

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