—¿Desde hace cuánto haces esto en el sofá de mi oficina? —Inclinó ligeramente la cabeza, esperando la respuesta.
Emilia respondió con la voz temblorosa: —S-solo desde hace unos días.
—Lo siento —intentó justificarse atropelladamente, aún sentada en el sofá—. No soy una pervertida, no lo hago a propósito...
Le resultaba profundamente humillante hablar de eso. Era el mejor trabajo de su vida y él era el hombre que más admiraba en el mundo.
No podía perderlo, no quería alejarse de él.
—Tengo adicción al sexo —confesó con gran dificultad, luchando contra la humillación—. Eso, sumado a mis tendencias de autolesión... He intentado ir al médico, he tomado pastillas, pero a veces, simplemente no puedo controlarlo.
—Lo siento.
—¿Así que este problema viene desde antes? —La mirada de Orfeo se mantuvo fija en su rostro.
Emilia no supo qué responder.
Él no la presionó.
Se levantó, caminó hacia su escritorio, sacó una caja de pañuelos y la puso al lado de ella.
Luego acercó una silla y se sentó enfrente, manteniendo más de un metro de distancia.
Llevaba un traje gris oscuro impecable, el cabello perfectamente arreglado y un broche de plata en la solapa. Parecía un modelo salido de una revista.
Emilia, por el contrario, seguía acurrucada en el sofá, mientras el juguete que estaba a su lado seguía zumbando.
Finalmente reunió el valor para apagarlo. La oficina quedó en absoluto silencio, solo se escuchaba la respiración de ambos.
Él la observaba, y en esos ojos oscuros y serenos no había ni una pizca de repulsión. Solo una extraña curiosidad que ella no supo interpretar.
—Mencionaste que el dolor te hace sentir mejor. ¿Qué significa eso exactamente? —Preguntó con el tono de alguien genuinamente intrigado.
Emilia se mordió el labio.
Quería explicarlo, pero no sabía por dónde empezar.
Guardó silencio un largo rato. Orfeo tuvo la paciencia de esperar. Tenía un compromiso importante esa noche, pero puso su teléfono en silencio solo para dejar que ella hablara a su ritmo.
Finalmente, lo hizo.
—Empezó a los dieciséis años, cuando estaba en el Internado del Sagrado Corazón. Mi familia no tenía recursos, así que dependía de una beca. La presión era brutal, no podía dormir. Una noche, me rasguñé el brazo muy fuerte. Dolió, pero después de ese dolor, todo el ruido en mi cabeza simplemente desapareció.

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