Tatiana Yépez estaba de pie en el interior, luciendo un camisón de seda con tirantes. Tenía el cabello alborotado y una expresión somnolienta, como si acabaran de despertarla.
Tatiana era una mujer deslumbrante.
Tenía una piel bronceada y radiante, amaba el ejercicio y su figura era la envidia de muchas.
Sus rasgos eran audaces, cargados de una belleza salvaje que desbordaba magnetismo en la pantalla grande.
Luciano Zapata, el renombrado director, lo había dicho alguna vez:
«La industria no carece de rostros bonitos; lo que falta son mujeres con personalidad, talento y disciplina».
Tatiana era la fantasía de cualquier director.
Su nivel de actuación era tan magistral que cien premios a la mejor actriz se quedarían cortos.
En ese instante, al ver a Silvia, sus ojos brillaron de alegría, como si viera a una vieja amiga.
—¿Buscas a Facundo? No está en casa.
Su tono era dulce y cortés, pero su cuerpo bloqueaba estratégicamente la puerta, dejando claro que no la invitaría a pasar.
Silvia respondió con calma:
—El Sr. Jiménez me dijo que había dejado unas cosas aquí y me pidió que viniera a revisarlas.
—Ay, qué pena... Remodelamos la casa hace tres años y todo lo que quedó se mandó a la basura. Si hubiera sabido que había cosas tuyas, las habría guardado. A estas alturas, ni siquiera yendo al vertedero podrías recuperarlas. ¿Qué hacemos? —dijo Tatiana con falsa preocupación.
—Si no están, no importa. ¿Ya me puedo ir? —preguntó Silvia, girando hacia Camilo.
Camilo se encogió de hombros y caminó junto a ella.
—No pasan taxis por aquí. Te llevaré.
Justo cuando daban la media vuelta, la voz de Tatiana los detuvo.
—Camilo, no encuentro algo. ¿Podrías entrar un momento a ayudarme a buscarlo?
—Claro, voy para allá —respondió él al instante, dándose prisa para volver.
Todo el mundo adoraba a Tatiana, y Camilo era otro más de sus devotos súbditos.
A Silvia no le importó en lo más mínimo y aceleró el paso para salir de ahí. Distraída, no se dio cuenta de la silueta que se acercaba en la penumbra y terminó chocando contra el pecho de un hombre.
—Lo siento.
Su primer instinto fue retroceder de inmediato para mantener una distancia respetuosa, temiendo haber ofendido a algún vecino importante.
Facundo jamás le había hablado a Silvia con esa ternura. A ella solo le dirigía la palabra cuando estaban en la cama.
Para preguntarle si sentía placer, o si quería cambiar de posición.
Complacía todos sus caprichos físicos, pero nunca le daba un respiro.
En aquel entonces, ella creía que eso era amor. Le gustaba hacerse la caprichosa y pedirle toda clase de regalitos.
Fue hasta que Tatiana fue a visitarla al psiquiátrico y le tiró todos esos regalos en la cara, diciéndole que solo eran el pago por sus servicios sexuales.
Ese día descubrió que, para Facundo, ella no era diferente de una prostituta de lujo.
Silvia bajó la mirada, enterrando sus emociones en lo más profundo de su ser, y dio un paso a un lado para alejarse.
—Srta. Quiroga, un momento —dijo Tatiana.
Silvia se detuvo y se giró para mirarla.
—Escuché que ahora trabajas en un hotel. ¿Tienes problemas económicos? ¿O acaso tienes miedo de que no te perdone lo que me hiciste y por eso no te atreves a volver a actuar?
Silvia quiso reírse en su cara, pero las carcajadas no salieron. Sus labios apenas esbozaron una mueca rígida.

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