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Me encerró tres años y ahora suplica romance Capítulo 8

Sus rostros estaban casi pegados.

Silvia bajó la mirada y notó cómo latía la arteria del cuello de Tomás, hinchada por la excitación del momento.

Palpitaba llena de vida.

Recordó a un paciente en el Sanatorio Santa María que, en medio de un ataque de locura, le mordió la arteria a un doctor, arrancándole un trozo de carne.

El médico murió desangrado antes de llegar a urgencias.

A Silvia le picaron los dientes.

Tomás se dio cuenta de que ella no dejaba de mirarle el cuello con una intensidad que parecía absorberle el alma.

Sintió un escalofrío, la soltó bruscamente y la empujó.

—¡Puta descarada! Seduciéndome en mis propias narices.

Silvia perdió el equilibrio y casi cayó al suelo de la limusina.

El vehículo se detuvo frente a un lujoso hotel. Tomás bajó, agarró a Silvia del brazo y la arrastró hacia el interior.

Ella tropezaba a cada paso mientras él la forzaba a entrar al elevador hasta el quinto piso.

Cuando las puertas se abrieron, un grupo de jóvenes adinerados, vestidos con impecables trajes a la medida, aguardaba frente a los elevadores.

Facundo estaba de pie en el centro. Todos se apiñaban a su alrededor, compitiendo por cruzar un par de palabras con él.

Él apenas asentía de vez en cuando.

Tomás soltó un bufido de sorpresa y jaló a Silvia hacia afuera.

—¡Sr. Facundo! Cuánto tiempo sin verlo.

Facundo levantó la mirada y vio a Silvia. Llevaba la ropa rasgada, el hombro al descubierto, el cabello revuelto, un rastro de lágrimas contenidas en los ojos y una línea roja cruzándole la mejilla.

Sus ojos se entrecerraron peligrosamente y sus labios se apretaron en una línea recta.

Tomás, ajeno al peligro, siguió hablando:

—Mi hermana ya tiene veinticuatro. Ya le preparamos la dote y todo lo demás. ¿Cuándo vas a ir a pedir su mano?

La mirada de Facundo se clavó en Tomás. Esbozó una sonrisa helada.

—¿Y esto qué significa, Joven Yépez? —preguntó, mirando de reojo a Silvia.

Tomás infló el pecho, adoptando un tono de falsa rectitud:

Silvia leyó el desprecio y el asco en los ojos de todos los presentes.

Toda la malicia del lugar se concentró sobre ella como dardos envenenados.

El Director Ibarra soltó una carcajada amarga.

—La señorita Quiroga no pierde el tiempo. Encontró a su próximo patrocinador rapidísimo.

Otro se unió a las burlas:

—¡Y decían que era el adorno más inútil del país! Ya veo que sus encantos siguen intactos.

Antes, Silvia creía que todas estas humillaciones no eran más que la arrogancia típica de los ricos hacia la gente común.

Luego comprendió la verdad. Se atrevían a pisotearla de esa manera porque Facundo nunca la trató como a un ser humano.

Si él hubiera mostrado la más mínima pizca de respeto hacia ella, nadie habría osado levantarle la voz.

Silvia esbozó una sonrisa. Justo cuando estaba por responder, Facundo hizo un ademán con la mano, y el grupo de magnates se quedó en silencio al instante.

Facundo se giró hacia su asistente.

—Martín Soler, ve a mi auto y trae la ropa de repuesto.

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