Camilo empujó a Tomás de vuelta a la silla con un movimiento firme.
—Cálmate, Tomás. Vinimos a disfrutar. Tomemos un trago y pasémosla bien.
Tomás fulminó a Silvia con la mirada antes de levantar su copa hacia Camilo.
Al ver esto, el resto del grupo hizo lo mismo.
—Escuché que la película que estás financiando es una megaproducción, y con Tatiana como protagonista, seguro romperá récords de taquilla. Brindemos por el éxito...
Todos en esa mesa eran lobos disfrazados de ovejas. Cuanto más educados sonaban, más crueles eran sus intenciones.
Elevar a alguien hasta las nubes para luego dejarlo caer era una de sus maniobras favoritas.
Tomás, cegado por los halagos, bebió vaso tras vaso. Al poco rato, el alcohol se le subió a la cabeza y empezó a fanfarronear con la lengua trabada.
Silvia ignoró el alboroto y se dispuso a probar su sopa de frutas, solo para darse cuenta de que Facundo le había quitado su tazón y se lo había tomado él, sin dejar una sola gota.
Al notar que ella lo miraba, él tomó la sopera y le sirvió uno nuevo.
Pero Silvia ya había perdido el apetito. No probó ni un solo bocado.
La cena terminó. Tomás estaba tan ebrio que había vomitado un par de veces en el baño y necesitaba a dos personas para sostenerlo.
Al bajar las escaleras, nadie supo exactamente qué pasó, pero Tomás perdió el equilibrio y rodó desde el segundo piso hasta la planta baja.
Se fracturó la pierna.
La ambulancia se lo llevó directamente al hospital.
Afuera del restaurante, Facundo estaba sentado en la parte trasera de su auto. La puerta estaba abierta y Silvia esperaba de pie en la acera.
—Te llevo —dijo él.
—Pediré un taxi. No se moleste.
Silvia sacó su celular para pedir uno a través de la aplicación.
La puerta del vehículo seguía abierta cuando la voz de Facundo volvió a sonar desde el interior.
—Tomás no volverá a molestarte.
—Gracias, Facundo —respondió ella, asintiendo ligeramente sin mirarlo.
—Si vuelves a tener problemas, llámame.
—Facundo, es mejor que dejemos de vernos.
Hubo un silencio sepulcral durante unos segundos, hasta que la puerta automática del auto se cerró con un suave siseo.
El motor rugió y el auto desapareció en la oscuridad.
Camilo miró a Silvia por el espejo retrovisor y luego clavó sus ojos en Facundo, que seguía en el asiento trasero.
—Llevas mucho tiempo sin compañía, Facundo. Si quieres, te consigo a un par de chicas para que te distraigas un rato. Aunque, te advierto, encontrar a alguien como la señorita Quiroga será imposible.
Como celebraba un ascenso, Silvia no podía llegar con las manos vacías.
Gastó veinte pesos en un pequeño globo de nieve con el sistema solar en su interior.
Al encenderlo, las estrellas y planetas giraban en un hermoso ciclo.
Esta vez, Walter había elegido un restaurante en el cuarto piso de una plaza comercial. Era un lugar muy accesible, especializado en comida local.
Mientras conversaban, Walter sacó un sobre de su abrigo y se lo tendió.
—Toma esto. Úsalo para lo que necesites, y si te hace falta más, dímelo.
Silvia abrió el sobre y vio un fajo de billetes.
Lo empujó suavemente de vuelta hacia él.
—Te lo agradezco mucho. De verdad. Si alguna vez necesito ayuda, serás el primero en saberlo.
Walter esbozó una sonrisa cargada de tristeza.
—Silvia, de verdad quiero apoyarte. Me gustas. Quiero formar una familia contigo, quiero que tengas un hogar y a alguien que te proteja. Así no tendrías que sufrir tanto. ¿Acaso no quieres tener un hogar?
A decir verdad, la propuesta era sumamente tentadora.
Por un instante, el corazón de Silvia vaciló.
—Quiero un hogar. Pero ahora mismo, tengo un asunto muy importante que resolver. Si para cuando termine con todo esto, tú aún me amas... me casaré contigo.

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