—No estoy pasando por ningún apuro, tampoco quiero volver al medio, y mucho menos necesito su perdón. Más bien es usted, Srta. Yépez, quien debería cuidar bien de su otro ojo. Dicen que cuando pierdes uno, no pasa mucho tiempo antes de que el otro se quede ciego también.
De repente, el silencio cayó sobre el lugar, volviéndose absoluto y sepulcral.
Solo se escuchaba la respiración agitada de Tatiana, que intentaba contenerse inútilmente.
La respiración se volvió cada vez más errática.
Incapaz de soportar el impacto de aquellas palabras, Tatiana soltó un grito ahogado, se llevó las manos a un ojo y se desmayó.
Facundo la levantó en brazos en un movimiento ágil y miró a Camilo.
—Llama al hospital. Vamos para allá ahora mismo.
Camilo sacó las llaves del auto y corrió como alma que lleva el diablo.
Silvia se marchó de ahí a paso lento, caminando detrás de ellos.
Aquella noche durmió profundamente en su modesto apartamento.
***
Al día siguiente.
Silvia llegó a su trabajo como de costumbre, pero encontró la entrada del hotel plagada de personas. Reporteros y curiosos alzaban sus cámaras y celulares en el aire, esperando.
Eran los fanáticos de Tatiana, sosteniendo pancartas llenas de insultos, gritando al unísono:
—¡Silvia, basura, vete de la industria! ¡No mereces ser humana!
Logró colarse por la entrada de empleados, pero apenas puso un pie dentro, el jefe de personal la llamó a su oficina.
—Señorita Quiroga, somos un hotel modesto. No podemos darnos el lujo de hospedar a una figura de su calibre. Por favor, tenga piedad de nosotros y váyase.
Silvia tomó el pago correspondiente a sus tres días de trabajo y abandonó el hotel.
Contó el dinero con cuidado: trescientos cuarenta y nueve pesos.
Esa era toda su fortuna.
Al abrir el navegador en su teléfono, se dio cuenta de que estaba en los tres primeros lugares de tendencias nacionales.
[Silvia irrumpe de madrugada en una propiedad privada y ataca violentamente a Tatiana Yépez].
[Silvia, alma perversa, merece la cárcel de por vida].
[¿Qué más tiene Silvia aparte de su cara bonita?].
Silvia se quedó sentada rígidamente en un rincón, sin mostrar ninguna expresión.
La mano que apoyaba contra la puerta del auto se cerró en un puño disimulado.
Al ver que no respondía, Tomás continuó:
—Así que lastimaste a mi hermana y pensaste que saldrías impune, ¿verdad? ¿Crees que la familia Yépez no tiene a nadie que la defienda?
—Se equivoca, Joven Yépez. Yo no toqué a la señorita Tatiana. Además, el Abogado Yáñez y el Sr. Jiménez estaban presentes. Incluso si hubiera querido hacer algo, ellos jamás me lo habrían permitido.
—¡Ah, claro! ¿Entonces por qué el ojo de mi hermana sangró y ella se desmayó? ¿Me vas a decir que no fue tu culpa?
Tomás se abalanzó sobre ella, agarrándola del cuello de la camisa.
Tenía una fuerza bruta. Prácticamente levantó a Silvia del asiento con una sola mano.
El chasquido de la tela barata rasgándose resonó en el habitáculo, dejando al descubierto una clavícula perfecta y la suavidad de su hombro radiante.
Los ojos de Tomás se llenaron de lascivia, relamiéndose los labios con descaro.
—Maldición... Con razón Facundo estaba obsesionado contigo. No me sorprende. No te sacaré los ojos para cobrármelas por mi hermana, pero si me complaces esta noche y mañana te arrodillas para pedirle perdón en el hospital, daremos el asunto por terminado.

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