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Me encerró tres años y ahora suplica romance Capítulo 5

Facundo no dijo nada; solo la escudriñó con una mirada de halcón.

Era una mirada que evaluaba y juzgaba.

La misma que le dedicó tres años atrás, cuando él estaba en la cima del poder, sosteniendo la espada sobre su cuello, diciéndole: «Silvia, si te declaras culpable, lograré que te den libertad condicional».

En ese entonces, arrinconada al borde del abismo y enfrentándose a un ejército invencible, ella había respondido:

«Soy inocente. No hice nada malo. No me declararé culpable».

El tiempo pareció detenerse, volviendo cada segundo una tortura.

El aire se volvió denso, como si él estuviera absorbiendo todo el oxígeno de la habitación.

Después de lo que pareció una eternidad, una casi imperceptible curvatura apareció en los labios de Facundo. Parecía una sonrisa.

—Por hoy, te concedo un deseo —dijo con voz grave.

—No tengo deseos, Facundo.

En el Sanatorio Santa María la sometieron a terapia de electrochoques. Le inyectaron infinidad de drogas, la encerraron en el cuarto de aislamiento y la ataron a la cama.

Habían encarcelado tanto su cuerpo como su alma.

Durante todo ese tiempo le rogó innumerables deseos a Facundo. Ninguno fue concedido.

Facundo hizo un gesto con la mano para que se retirara.

Silvia dio media vuelta y salió de la habitación sin un atisbo de arrepentimiento.

Era el resultado que esperaba.

Un hombre tan poderoso como él jamás movería cielo y tierra por una simple amante. No valía la pena el esfuerzo.

Al salir al pasillo, vio a Camilo regresando. Llevaba una bolsa de plástico semitransparente en la mano.

Adentro se veían tres cajas de preservativos ultrafinos.

Detrás de él caminaba un mesero sosteniendo un pequeño pastel.

Camilo le extendió la bolsa con toda naturalidad.

—Los que pone el hotel son de mala calidad. Tuve que ir a comprar estos de emergencia.

Silvia no la tomó.

—Aún estoy en mi turno. No interrumpiré el descanso del Abogado Yáñez. Puede entregárselos usted mismo, Sr. Jiménez.

Camilo se apoyó en el marco de la puerta, observando con pereza la figura esbelta de Silvia mientras se alejaba. Su cintura era diminuta y sus caderas se balanceaban con gracia al caminar.

No entró a la habitación hasta que la perdió de vista.

Facundo seguía sentado en el sofá, fumando.

Camilo tomó la cajetilla, encendió un cigarrillo y soltó una carcajada.

—La verdad es que la Srta. Quiroga ya no tiene el brillo de antes. Debiste haberla botado hace mucho.

Facundo le dirigió una mirada helada, y la sonrisa de Camilo se borró al instante.

***

Por la noche.

Al terminar su turno, Silvia salió por la entrada de empleados y vio a Walter esperándola con un enorme ramo de flores en las manos.

—¡Feliz cumpleaños, Silvia!

Ella parpadeó, sorprendida, y luego sonrió.

—¿Cómo supiste que hoy era mi cumpleaños?

—Todos estos años he visto las transmisiones en vivo de tus celebraciones en internet —dijo él, entregándole el ramo—. ¿Me harías el honor de cenar conmigo esta noche?

—Por supuesto —respondió ella, aceptando las flores y subiendo a su auto.

A mitad de camino, otro vehículo los chocó por detrás.

La primera reacción de Walter fue mirarla a ella.

—¿Estás bien?

—Sí, ¿y tú? ¿Te golpeaste? —Silvia llevaba puesto el cinturón de seguridad, así que solo sintió la sacudida.

—Estoy bien. Quédate en el auto, voy a revisar —dijo Walter.

Silvia miró por la ventana y notó que el auto que los había impactado era un lujoso Bentley negro.

Walter tocó la ventana del conductor, pero no hubo respuesta.

Era un fraccionamiento lleno de celebridades y magnates, con seguridad de primer nivel.

Silvia había vivido en esa misma casa durante cuatro años.

Camilo abrió la puerta del auto.

—Entra a revisar. Si dejaste algo, llévatelo de una vez.

Después del incidente, a Silvia la echaron de la casa como a un perro.

La empleada doméstica tiró todas sus cosas al jardín trasero como si fueran basura, mirándola con asco mientras decía:

«Una simple actricilla y cree que puede ocupar el lugar de la Señora Yáñez».

Silvia sabía que esas habían sido órdenes de Facundo.

Ella había lastimado a la niña de sus ojos; era lógico que buscara destruirla para vengar a su amada.

Sabía que si no entraba a fingir que buscaba sus cosas, creerían que seguía aferrada a él.

Caminó hacia la puerta de entrada, pero el sistema de seguridad la detuvo.

—Facundo dijo que te sabías la contraseña —comentó Camilo.

Silvia la recordaba bien. Era la fecha de cumpleaños de Facundo.

Digitó los números.

El panel marcó error. Lo intentó de nuevo. Error.

Silvia se giró hacia Camilo.

—¿Qué día es el cumpleaños del Abogado Yáñez?

Camilo soltó una carcajada y se recargó perezosamente contra la pared.

—Srta. Quiroga, hacerte la difícil pierde el encanto cuando exageras.

Pero ella no estaba mintiendo. Desde su primer año en el Sanatorio Santa María, muchas cosas se habían borrado de su mente.

Especialmente todo lo relacionado con Facundo.

De pronto, se escuchó un suave clic desde el interior, y la puerta se abrió.

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