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Me encerró tres años y ahora suplica romance Capítulo 9

Luego miró a Silvia.

—Señorita Quiroga, venga conmigo. Va a cambiarse esa ropa.

Sin esperar respuesta, dio media vuelta y caminó. No había espacio para negativas.

Silvia se miró. Medio hombro al aire y la camisa rasgada... En efecto, no era apropiado.

Siguió a Facundo hasta una habitación.

Era una suite presidencial que costaba cuarenta y ocho mil ochocientos pesos la noche.

Facundo la mantenía reservada durante todo el año.

Los hombres de su nivel no llevaban a cualquiera a sus mansiones; para este tipo de reuniones sociales siempre usaban lugares como aquel.

La suite tenía dos pisos y varias recámaras.

Facundo la guio directamente a la habitación principal del segundo nivel.

—Entra y cámbiate —ordenó.

Apenas Silvia entró, Martín Soler apareció con la ropa.

Facundo fue quien se la entregó personalmente.

Una camisa blanca y un vestido largo negro que le llegaba por debajo de las rodillas.

Era la misma ropa que Silvia solía usar en el pasado.

Ella la tomó entre sus manos.

—Gracias.

Pero Facundo no hizo ademán de irse.

Silvia sonrió levemente y caminó hacia el otro lado del biombo de madera.

Desde afuera, Facundo observó la silueta de su espalda a través de la tela translúcida del biombo mientras ella se quitaba la blusa rasgada.

Sus curvas sutiles formaban una sombra tentadora y embriagadora.

Silvia fue rápida. Salió de detrás del panel en cuestión de minutos.

—Ya estoy lista, Facundo.

En ese momento, Camilo tocó a la puerta.

—Facundo, Tomás se está impacientando. ¿Ya terminó de cambiarse la señorita Quiroga?

Facundo se giró y abrió la puerta.

—Vámonos.

Silvia caminó detrás del grupo de hombres trajeados. Los autos de Tomás y de Facundo ya esperaban aparcados a un lado de la calle.

Camilo estaba de pie junto al auto de Facundo, sosteniendo la puerta abierta mientras miraba a Silvia.

Tomás, por su parte, tenía abierta la puerta de su propio vehículo y le hizo una seña impaciente a Silvia.

—¡Apúrate! ¿Por qué caminas tan lento?

Silvia obedeció y se dirigió hacia Tomás.

Los platillos, que habían sido ordenados con anticipación, comenzaron a llegar.

Silvia comió en silencio, con la mirada baja, haciendo el menor ruido posible, como si no estuviera ahí.

De postre sirvieron una sopa dulce de frutas.

A ella le encantaba. Se sirvió un tazón, pero apenas tomó la cuchara, la voz de Tomás resonó en la mesa.

—Silvia, sé un poco útil y sírvele a todos los caballeros presentes.

En el pasado, Silvia había soportado humillaciones peores con tal de quedar bien con el círculo de Facundo.

Pero ahora que no esperaba nada de él, no tenía ninguna necesidad de complacer a nadie.

Respondió sin perder la compostura, mirándolo a los ojos:

—El mesero está afuera. Puedes pedirle que entre y les sirva.

Tomás ya era considerado uno de los menos importantes en ese círculo.

Había querido usar a Silvia para reafirmar su estatus y sentirse poderoso, y ella acababa de dejarlo en ridículo frente a todos.

Su rostro se puso lívido. Golpeó la mesa con las palmas y se levantó de un salto.

La señaló con el dedo, temblando de furia.

—¡Maldita malagradecida! ¡Te di una orden! ¡Que te pida que me sirvas es un honor! Si no obedeces, te juro que esta noche voy a destrozarte.

Facundo desvió la mirada lentamente hacia Tomás.

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