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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 179

El día había comenzado demasiado temprano para Samyra.

Y demasiado silencioso para lo que estaba por venir.

El aeropuerto estaba lleno de movimiento, voces, maletas, pasos apresurados… pero dentro de ella todo era quietud tensa, como si el aire se hubiera vuelto más pesado de lo normal.

No había dormido bien.

No desde que el tratamiento de Omar fue aprobado.

No desde que entendió que ahora todo dependía de una sola firma.

De una sola familia.

A lo lejos, los vio.

Y el estómago se le cerró.

El abuelo Al-Sabah caminaba con paso lento, acompañado de la abuela, y detrás de ellos Nassira y Anur.

No era una reunión cualquiera.

Era una confrontación inevitable.

Samyra respiró hondo. Y avanzó.

***

Cuando estuvieron frente a frente, el tiempo pareció detenerse.

Nadie habló primero.

Solo miradas. Evaluación. Recuerdos. Y heridas que no se habían cerrado del todo.

La abuela fue la primera en romper el silencio.

Su voz tembló apenas al verla.

—¿Embarazada…?

Sus ojos se abrieron con incredulidad.

Luego la emoción la desbordó.

—¡Por Alá… estás embarazada!

Se llevó una mano al pecho.

—Samyra… ¿quién es el padre? Dímelo… no te juzgaré, lo prometo. Solo… dime la verdad.

Su voz se quebró al final. Había algo entre sorpresa, miedo y una alegría que no sabía si debía permitirse.

Samyra sintió cómo el aire se le detenía en la garganta.

No esperaba ese recibimiento. No ahora.

No en medio de todo. Retrocedió apenas un paso.

Pero la abuela ya estaba llorando.

—Ten piedad de esta anciana… dime que es verdad.

El silencio se volvió denso. Y entonces Samyra lo dijo.

Sin adornos. Sin preparación.

—Son hijos de Omar.

Fue como si el mundo cambiara de dirección.

La abuela abrió la boca, pero no salió sonido alguno.

El abuelo bajó la mirada. Como si el peso de la noticia lo doblara lentamente.

Y luego…

—¿Dos? —susurró la abuela, llevando ambas manos a su rostro—. ¿Dos bebés?

Por un instante pareció que iba a desmayarse. Pero no lo hizo.

En lugar de eso, rompió en llanto.

Y abrazó a Samyra con una fuerza inesperada.

—¡Qué bendición… qué bendición de Alá!

Sus manos temblaban al tocar su vientre.

—Mírate… mírate lo que llevas dentro…

El abuelo se acercó despacio. Sus ojos estaban húmedos.

—Hemos sido injustos contigo… —dijo con voz rota— y aun así… solo nos das milagros.

Samyra no respondió. No podía.

Había algo en ese perdón repentino que la desarmaba más que cualquier juicio.

Pero no todos reaccionaron igual.

Nassira permaneció en silencio.

Observando. Analizando.

Como si intentara entender si todo aquello era real o demasiado grande para ser cierto. Además, sentía vergüenza, en el pasado fue tan mala con Samyra, ¿Cómo podía pedirle perdón ahora?

Anur, en cambio, se acercó con cautela.

—Samyra… —dijo con voz baja— ¿qué pasa con Omar?

El cambio de atmósfera fue inmediato. Como si alguien hubiera apagado la luz.

Samyra respiró hondo.

Y el peso volvió a caer sobre sus hombros.

—No puedo mentirles.

Todos la miraron.

—Omar está muy grave.

Un silencio incómodo.

—El tratamiento anterior falló. Su cuerpo tuvo una reacción adversa severa.

La abuela se llevó una mano a la boca.

El abuelo cerró los ojos.

Nassira dio un paso al frente.

—¿Y ahora? ¿Qué pasará con mi hermano?

Samyra sostuvo su mirada.

—Hemos diseñado un nuevo tratamiento. Es la única opción que tenemos. Pero es riesgoso.

El aire se volvió frío.

—Podría no sobrevivir si su cuerpo no responde.

El silencio que siguió fue absoluto.

Nassira bajó la mirada un segundo.

Luego la levantó.

—¿Puede morir?

Samyra no dudó.

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