—¿Es esto un maldito chantaje, Elise?
La voz de Aníbal no fue alta, pero sí lo suficientemente afilada como para cortar el aire entre ambos.
Elise no retrocedió.
Pero su respiración sí cambió.
Por un instante, algo dentro de ella dudó.
No porque no supiera lo que estaba haciendo… Sino porque ya no podía fingir que no le dolía.
Aun así, sostuvo la mirada.
—Llámalo como quieras —respondió con una calma que no sentía del todo—. Pero esto es lo que hay.
El silencio que siguió fue pesado.
Aníbal la observó como si intentara encontrar en su rostro a la mujer que alguna vez creyó conocer.
—¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? —preguntó él, más bajo ahora.
Elise tragó saliva.
Sus manos se tensaron a los costados.
—Te estoy dando una oportunidad.
—¿Una oportunidad? —repitió él, con incredulidad contenida.
Dio un paso hacia ella. Luego otro.
No fue agresivo, pero sí lo suficiente para romper la distancia emocional.
Elise sintió cómo su pecho se contraía.
—Elise… —su voz bajó aún más— ¿de verdad crees que eres tan importante para mí como para negociar conmigo de esta manera?
Aquella pregunta la atravesó.
Durante un segundo, el orgullo quiso quebrarse.
Pero no lo hizo. En cambio, levantó la barbilla.
—Lo creo —dijo—. Si no, no estarías aquí discutiéndolo.
El aire pareció detenerse.
Aníbal la miró en silencio.
Y por primera vez en toda la conversación… no respondió de inmediato.
En su interior, el caos era mucho más violento de lo que mostraba por fuera.
Elise no estaba mintiendo.
Y eso era lo peor.
Porque si estaba mintiendo, todo sería más fácil.
Pero no. Ella creía cada palabra.
Aníbal bajó la mirada unos segundos.
El gesto fue mínimo, casi imperceptible.
Pero dentro de su mente, algo comenzó a romperse.
“Esto no es lógico…”
“Esto no es Elise…”
“¿O sí lo es?”
Recordó fragmentos sueltos. Su forma de mirarlo en el pasado. Las cosas que nunca dijo. Las veces que evitó ciertas respuestas.
Y luego… el recuerdo de Samyra.
Sus palabras.
Su advertencia.
El pensamiento lo tensó por dentro.
Levantó la mirada otra vez.
Y la decisión, aunque no completamente clara, ya estaba empezando a formarse.
Elise lo vio cambiar.
No en su expresión… sino en algo más profundo.
En la forma en que dejó de resistirse. Y eso la asustó más de lo que quería admitir.
Porque si Aníbal aceptaba… ya no habría vuelta atrás.
—Bien —dijo él finalmente.
La palabra cayó pesada.
Elise sintió cómo el aire se le escapaba un instante.
—Tú ganas.
El silencio posterior fue casi insoportable.
—Pero vas a cumplir tu parte —añadió él.
Elise asintió lentamente. Sus manos temblaban apenas.
No era victoria. No era alivio. Era una decisión que la estaba desgastando por dentro.
—Lo haré —susurró.
Hizo una pausa. Y añadió, casi sin voz:
—Pero después de que apruebes el tratamiento… te diré todo.
Aníbal no respondió. Solo la miró.

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