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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 181

—¿¡Por qué, Elise!? ¿Por qué guardaste algo así en silencio?

La voz de Aníbal se quebró a mitad de la frase.

No era solo enojo. Era algo más peligroso: dolor puro.

Sus manos seguían firmes sobre los brazos de ella, pero ya no apretaban con la misma fuerza. Era como si no supiera si sostenerla o soltarla, como si su propio cuerpo no pudiera decidir qué hacer con tanta verdad cayéndole encima.

Elise temblaba.

Las lágrimas no eran elegantes ni silenciosas. Caían sin orden, sin control, como si el cuerpo hubiera decidido llorar por ella después de años de silencio.

—Porque… —su voz se rompió— porque tenía miedo.

Aníbal negó de inmediato, como si esa palabra no fuera suficiente.

—¿Miedo…? Yo estaba ahí, ¿Temías de mí? —exclamó con dolor.

Elise apretó los labios. Cerró los ojos un segundo demasiado largo.

Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un hilo.

—Miedo de mí.

Ese silencio cambió todo.

Aníbal aflojó ligeramente las manos.

—Explícate, Elise…

Pero ella no podía. No de golpe. No con frases completas. Había cosas que no se decían como una confesión normal. Había verdades que salían como heridas abiertas.

—Yo… —tragó saliva— yo me sentía sucia.

El impacto fue inmediato.

Aníbal abrió los ojos con fuerza.

—No vuelvas a decir eso.

—¡Es la verdad! —explotó ella de repente, con desesperación—. Eso era lo que yo sentía. Asco de mí misma, vergüenza, miedo de que me miraras diferente, miedo de que dejaras de ser tú cuando supieras…

Su respiración se aceleró. Le costaba mantenerse en pie emocionalmente.

Aníbal la soltó apenas un poco, como si el contacto le quemara ahora de otra forma.

—Elise… mírame.

Ella negó con la cabeza.

—No puedo.

—Te estoy pidiendo que me mires.

La voz de él ya no era una orden. Era una súplica rota.

Y eso la destruyó más.

Elise levantó lentamente la vista.

Sus ojos estaban rojos, cansados, vacíos y llenos al mismo tiempo.

Aníbal tragó saliva.

—Nada de lo que digas va a cambiar lo que siento por ti, te amaba, aun ahora, maldita sea, te amo, nunca te hubiese hecho sentir sucia, yo… nunca….

Ella soltó una risa corta, sin humor, sin vida.

—No lo entiendes…

—Explícamelo entonces.

Elise cerró los ojos otra vez.

Y cuando los abrió, ya no estaba hablando desde el presente. Estaba cayendo hacia atrás en el tiempo.

Su voz bajó.

—Ya no era yo, esa noche, me destruyeron. Yo intenté irme. Intenté escapar. Pero no pude.

El aire en la habitación cambió.

Aníbal se quedó completamente quieto.

—Elise…

—No me interrumpas… —susurró ella, casi sin fuerza—. Déjame decirlo de una vez.

Respiró hondo.

Y lo dijo.

—Me atacaron.

El mundo pareció detenerse.

—Esos hombres… yo no… no pude defenderme… no pude…

Su voz se rompió del todo.

Aníbal dio un paso hacia atrás sin darse cuenta.

Como si necesitara espacio para procesar lo que acababa de escuchar.

Elise se cubrió el rostro con una mano.

—Después de eso… no sabía cómo mirarte. No sabía cómo tocarte. No sabía cómo seguir siendo tuya en el mundo que yo misma había perdido.

El silencio fue brutal.

Esta vez no había gritos. Solo un vacío pesado.

Aníbal respiraba más rápido.

—No debiste ocultarlo de mí, yo… nunca te hubiera rechazado, te hubiese protegido, habría hecho justicia, lo que sea por ti, todo por ti.

Su voz salió más baja.

Más humana. Más desesperada.

Elise lo miró con una tristeza insoportable.

—No podía, porque te habría destruido.

—¡Eso no te correspondía decidirlo!

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