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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 182

Aníbal condujo sin pensar en los límites de velocidad, como si el camino no fuera real, como si solo existiera el impulso que le quemaba por dentro.

Las luces de la ciudad pasaban como manchas borrosas a través del parabrisas, pero él no las veía.

Su mente estaba atrapada en una sola idea, repetitiva, violenta, imposible de apagar. La verdad.

No la versión que le habían contado. No la que había aceptado durante años. Sino la que ahora, como una herida abierta, se negaba a seguir enterrada.

Cuando llegó al geriátrico, el coche se detuvo con un frenazo seco. El silencio posterior fue aún más pesado que el ruido del motor. Bajó sin cerrar bien la puerta, como si su cuerpo se moviera antes de que su mente pudiera ordenarlo.

El aire era frío. Una nieve leve caía, casi invisible, pero suficiente para empaparle el cabello y endurecerle el gesto. No le importó.

Entró.

La recepción intentó detenerlo.

—Señor, el horario de visitas…

—No me importa —interrumpió con una voz baja, firme, peligrosa de una forma contenida—. Déjenme pasar, necesito con urgencia ver a mi madre.

Hubo un segundo de duda. Luego lo dejaron avanzar.

Porque algo en su mirada no admitía discusión.

***

Cuando Joelle lo vio entrar en la sala de visitas, sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, frágil, casi infantil. La clase de sonrisa que una madre usa cuando cree que su hijo ha vuelto finalmente a casa.

—Aníbal… —dijo con suavidad—. Sabía que vendrías.

Se incorporó con esfuerzo en la silla. Sus manos temblaban ligeramente, pero su rostro estaba iluminado por una emoción contenida, como si el tiempo no hubiera pasado entre ellos.

Pero algo en el aire no encajaba.

El silencio de Aníbal era distinto.

No era calma. Era ruptura.

—Hijo… ven, siéntate conmigo —continuó ella, intentando suavizar la tensión—. Hace tanto que no…

—¿Por qué?

La palabra cayó como un golpe seco.

Joelle parpadeó.

—¿Qué…?

Aníbal dio un paso más dentro de la habitación. No había prisa en su movimiento, pero sí una tensión contenida que lo hacía parecer más grande, más pesado.

—¿Por qué lo hiciste? —repitió, esta vez más firme—. ¿Por qué le dijiste a Elise que me mintiera?

El rostro de Joelle cambió apenas. Una microfractura en su calma.

—No sé de qué hablas…

—¡No me mientas! —la voz de Aníbal explotó por primera vez, rompiendo el control que intentaba mantener—. Dime la verdad. ¡Ahora!

El silencio que siguió fue denso.

Joelle retrocedió ligeramente en su silla. La emoción inicial comenzó a desvanecerse, sustituida por algo más rígido, más defensivo.

—Hijo… yo solo quise protegerte.

—¿Protegerme? —Aníbal soltó una risa breve, sin alegría—. ¿De qué exactamente?

Ella bajó la mirada un segundo, como si buscara las palabras correctas en algún rincón viejo de su mente.

—Esa mujer… Elise… no era para ti.

El aire cambió.

Aníbal apretó la mandíbula.

—No tienes derecho a decidir eso.

—Sí lo tengo —respondió ella, más firme ahora, como si hubiera recuperado su propio argumento—. Soy tu madre. Y vi lo que nadie más quería ver, ya había elegido a una buena mujer para ti, y en cambio, elegiste a esa mujer que era nadie.

Él dio otro paso. Ahora estaba más cerca. Demasiado.

—¿Qué hiciste, Joelle?

La mujer respiró hondo.

Y entonces lo dijo.

—No hice nada, solo vi la verdad. Que esa mujer ya estaba dañada.

El silencio que siguió no fue vacío. Fue destrucción.

Aníbal no reaccionó de inmediato. Fue como si su cuerpo necesitara unos segundos para procesar el significado exacto de aquellas palabras.

—¿Dañada…? —repitió lentamente.

Joelle continuó, cada vez más atrapada en su propia lógica.

Capítulo: El peor reclamo 1

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