Aníbal condujo hasta el geriátrico cada kilómetro aumentaba el peso que llevaba sobre los hombros.
Una parte de él quería dar la vuelta y marcharse.
La otra sabía que, si aquella llamada era realmente una emergencia, quizá sería la última oportunidad de ver a la mujer que le había dado la vida.
Cuando estacionó el automóvil, permaneció varios segundos con las manos aferradas al volante.
Respiró profundamente.
No iba allí como un hijo preocupado.
Iba únicamente porque sentía que era una obligación.
Nada más.
Entró al edificio.
El olor a desinfectante y medicamentos impregnaba el ambiente.
Una enfermera se acercó en cuanto lo reconoció.
—Doctor Duncan, gracias por venir.
Aníbal asintió sin decir una palabra.
Mientras caminaban por el pasillo, la mujer habló con cautela.
—Su madre lleva varios días negándose a comer.
Tampoco permite que la bañemos ni que la ayudemos.
Dice que ya no tiene motivos para vivir.
Aníbal no respondió.
Su expresión permanecía completamente fría.
Al llegar frente a la habitación, la enfermera abrió la puerta.
—Está ahí.
Entró lentamente.
Joelle permanecía sentada junto a la ventana.
Había envejecido mucho en poco tiempo.
Su cabello estaba completamente desordenado.
Su rostro lucía demacrado.
Las manos le temblaban ligeramente.
Al verlo entrar, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¡Aníbal!
Se levantó con dificultad y caminó hacia él con los brazos abiertos.
Pero Aníbal retrocedió un paso antes de que pudiera tocarlo.
Aquello hizo que Joelle se detuviera en seco.
Sus brazos quedaron suspendidos en el aire.
Luego cayeron lentamente.
—Hijo...
—No me llames así.
La voz de Aníbal fue tan fría que incluso la enfermera decidió salir discretamente de la habitación.
Los dejó solos.
Joelle rompió a llorar.
—Perdóname...
Por favor, perdóname.
Aníbal la observó sin una pizca de compasión.
—¿Perdonarte?
Soltó una risa amarga.
—Jamás.
Joelle bajó la cabeza.
—Sé que cometí muchos errores...
—No. No fueron errores. Fueron decisiones. Y cada una destruyó una parte de mi vida.
El silencio se hizo pesado.
Aníbal sacó unos documentos de una carpeta.
Los dejó sobre la mesa.
—Ya firmé los papeles. A partir de hoy, el hospital asumirá tu tutela médica. Si vuelves a negarte a comer, te alimentarán mediante una sonda. Si te niegas a recibir atención, harán todo lo necesario para mantenerte con vida. Porque esa es su obligación. No la mía.
Joelle levantó la cabeza sobresaltada.
—¿Qué quieres decir?
Aníbal la miró fijamente.
—Que desde hoy dejamos de ser madre e hijo.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de la mujer.
—¡No!
—Ya no queda nada entre nosotros. Todo lo destruiste tú.
Joelle sintió que el mundo se derrumbaba.
Comprendió que esta vez hablaba completamente en serio. Si Aníbal cruzaba aquella puerta...
Jamás volvería. Desesperada, dio un paso hacia él.
—¡Espera! Necesito pedirte una última cosa.
Aníbal no respondió.
—Solo... solo déjame conocer a mi nieta.
Aníbal soltó una carcajada llena de amargura.
—¿Nieta? Adara no lleva mi sangre. Pero la adoptaré legalmente. Será mi hija porque yo la elegiré, como hija. Y tú... Jamás volverás a acercarte a ella.
Joelle negó con desesperación.
—¡No digas eso! ¡Ella sí es tu hija!
Aníbal sintió que el cuerpo entero se tensaba.
—¿Qué acabas de decir?

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