En el departamento
Aquella tarde, el departamento estaba envuelto en una tranquilidad que hacía mucho tiempo no se respiraba.
Los pequeños Murad y Fahriye dormían plácidamente en su habitación después de haber comido, mientras Nassira aprovechaba el silencio para ordenar un poco la sala.
Sonrió sin darse cuenta.
Cada vez que observaba a sus sobrinos, su corazón se llenaba de esperanza.
Después de todo el sufrimiento que habían vivido Omar y Samyra, aquellos dos pequeños eran la prueba de que Alá aún podía conceder bendiciones cuando parecía que todo estaba perdido.
Mientras acomodaba unos juguetes sobre la mesa, el timbre sonó.
Pensó que seguramente Omar y Samyra habían regresado antes de lo previsto del hospital.
Caminó hacia la puerta y la abrió con una sonrisa.
Sin embargo, al otro lado encontró dos rostros que hacía varios meses no veía.
Sus abuelos.
Los ojos de Nassira se iluminaron.
—¡Abuelo!... ¡Abuela!
Corrió a abrazarlos con fuerza.
La anciana acarició su cabello con cariño.
—Mi niña...
Cuánto te hemos extrañado.
El abuelo sonrió con ternura.
—Volvimos esta mañana. Apenas supimos que los mellizos habían nacido, tomamos el primer vuelo. Teníamos muchas ganas de conocer a nuestros bisnietos.
Nassira sonrió.
—Entren, les encantará verlos.
Los condujo hasta la habitación.
Los dos ancianos caminaron despacio, como si temieran romper la paz que reinaba en aquel lugar.
Cuando llegaron junto a las cunas, ambos permanecieron completamente inmóviles.
Murad dormía con uno de sus pequeños puños cerca del rostro.
Fahriye bostezó suavemente antes de volver a acurrucarse entre las mantas.
La abuela llevó una mano a su pecho.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—Alabado sea Alá...
Qué hermosos son.
El abuelo tomó con extremo cuidado a Murad entre sus brazos.
La anciana hizo lo mismo con Fahriye.
Los dos pequeños permanecían profundamente dormidos.
Los ancianos sonrieron como si sostuvieran el tesoro más valioso del mundo.
Después intercambiaron a los bebés.
La abuela besó la frente de Murad.
El abuelo acarició con infinita delicadeza la diminuta mano de Fahriye.
—Son un verdadero milagro del cielo —susurró la anciana.
Nassira observó aquella escena con emoción.
Era imposible no imaginar cómo habría sido ver a sus propios padres sosteniéndola cuando nació.
Después de unos minutos, volvieron a acostar cuidadosamente a los bebés en sus cunas.
Murad hizo un pequeño gesto con los labios antes de seguir durmiendo.
Fahriye buscó instintivamente la manta con una de sus manitas.
Los tres sonrieron.
Salieron de la habitación procurando no hacer ruido.
Se acomodaron en la sala mientras esperaban el regreso de Omar y Samyra.
Durante algunos minutos hablaron del viaje, de la salud de Omar y del nacimiento de los mellizos.
Hasta que el abuelo carraspeó suavemente.
Nassira levantó la mirada.
Notó que ambos intercambiaban una breve mirada.
Había algo que querían decirle.
Y no parecía ser una conversación sencilla.
La abuela tomó lentamente sus manos.
—Hija...
Hay algo muy importante de lo que debemos hablar contigo.
Nassira sintió un ligero nudo en el estómago.
—¿Ocurrió algo?
El abuelo asintió lentamente.
—Se trata de Mohamed.
Ella sintió un sobresalto.
No esperaba volver a escuchar ese nombre.
—¿Qué ocurrió con él?
La anciana suspiró profundamente.
—Descubrimos que defraudó a varias personas utilizando negocios falsos. Fue arrestado hace unos días. Ahora enfrenta un proceso judicial.
Nassira permaneció completamente inmóvil.

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