Luego de la cena, las mujeres llevaron a los bebés a la habitación para acostarlos.
Murad bostezaba mientras Samyra lo mecía en sus brazos, y la pequeña Fahriye ya dormía profundamente sobre el hombro de Nassira.
Las risas infantiles y el ambiente cálido hicieron que la casa se sintiera verdaderamente como un hogar.
Mientras tanto, en la sala principal, Omar, Phillip y los abuelos permanecieron conversando.
Un sirviente llevó café árabe y dátiles. El abuelo tomó una taza y, tras un largo silencio, miró fijamente a Phillip.
—Bien, joven Rezza. Ya hemos hablado de sentimientos. Ahora hablemos como corresponde entre dos familias.
Phillip asintió respetuosamente.
—Lo escucho, señor.
El anciano apoyó lentamente la taza sobre la mesa.
—¿Conoces la mahr?
—Sí.
—Entonces sabes que no es un precio por una mujer. Es un regalo que representa el compromiso, la seguridad y el respeto que un hombre ofrece a su esposa.
Phillip sonrió.
—Lo sé. He estudiado sus tradiciones durante las últimas semanas.
Aquella respuesta hizo que el abuelo arqueara una ceja con interés.
—¿Y qué piensas ofrecerle a Nassira?
Phillip guardó unos segundos de silencio.
—Todo lo que poseo ha sido fruto de mi trabajo. Después de graduarme y especializarme, tuve la fortuna de participar en varios proyectos médicos y de investigación. He reunido un patrimonio suficiente para darle una vida tranquila.
El abuelo permanecía atento.
—Deseo entregarle una mahr digna de ella. Una casa a su nombre, una suma económica que siempre le pertenezca y todo cuanto necesite para que jamás dependa de nadie, ni siquiera de mí.
Los ojos de Omar brillaron con aprobación.
Phillip continuó.
—No quiero que Nassira sienta que pierde algo al casarse conmigo. Quiero que gane un compañero para toda la vida.
La abuela sonrió discretamente.
—Hablas bonito, hijo.
Phillip negó con humildad.
—No son palabras. Son promesas.
El abuelo volvió a intervenir.
—Hay un asunto en el que no pienso negociar.
Todos levantaron la vista.
—¿Cuál, abuelo? —preguntó Omar.
—Mi nieta vivirá cerca de nosotros.
El ambiente quedó en silencio.
—No quiero que Nassira tenga que viajar miles de kilómetros para visitar a su familia.
Phillip comprendió inmediatamente el motivo.
—Lo entiendo perfectamente.
El abuelo continuó.
—Si decides establecerte definitivamente en Dubái, la familia Al-Sabah hará todo lo necesario para ayudarte.
Hizo una breve pausa.
—Podremos conseguirte un excelente puesto. Incluso podrías dirigir uno de los mejores hospitales oncológicos del país.
Phillip sonrió agradecido.
Aquella oferta habría hecho perder la calma a cualquier médico.
Sin embargo, respondió con serenidad.
—Le agradezco profundamente su confianza.
Miró a Omar antes de continuar.
—Solo les pido una cosa.
—¿Cuál?
—Permítanme terminar mi posgrado. Falta muy poco para concluirlo y sería un desperdicio abandonar ahora una formación que podrá ayudar a muchos pacientes en el futuro. Después de graduarme... Volveré a Dubái. Sin falta. No deseo separar a Nassira de la familia que tanto ama.
La abuela dejó escapar una sonrisa emocionada.
El abuelo también sonrió.
—Eso era exactamente lo que quería escuchar.
Omar observó a Phillip durante unos segundos. Finalmente se puso de pie. Todos lo miraron.
—Abuelo... Si hoy puedo seguir sentado aquí es, en gran parte, gracias a Phillip. Confié mi vida en sus manos. Sería un hipócrita si no confiara también el bienestar de mi hermana.
Phillip lo miró conmovido.
El abuelo asintió lentamente.
—Entonces no tengo nada más que preguntar.
Se levantó y estrechó con firmeza la mano de Phillip.
—Bienvenido oficialmente a nuestra familia.
Phillip inclinó la cabeza con respeto.
—Gracias. Jamás traicionaré la confianza que hoy depositan en mí.
***
Un mes después.
El tiempo había pasado con una tranquilidad que ninguno de ellos se atrevía a celebrar demasiado.
Omar continuaba recuperándose.
Su apetito había regresado.
Dormía mejor.
Tenía más energía para jugar unos minutos con sus hijos.
Incluso caminaba por el jardín sin fatigarse tan rápidamente.
Todos querían creer que aquello era una buena señal.
Pero nadie se atrevía a pronunciar esas palabras.
Porque todavía faltaba la única respuesta que realmente importaba.
Aquella mañana Samyra regresó al hospital.
Era la primera vez que cruzaba aquellas puertas desde el tratamiento experimental.
Al entrar, varias enfermeras sonrieron al verla.
—¡Doctora Hassan!
—Qué alegría verla de nuevo.
—La extrañábamos.
Ella respondió con una sonrisa sincera.

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