Nassira había pactado con sus abuelos que al día siguiente conocerían a Phillip.
Cuando los ancianos se marcharon, la joven cerró la puerta lentamente y apoyó la espalda contra ella. Solo entonces dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
Sentía que las piernas le temblaban.
Samyra se acercó y le tomó la mano con cariño.
—¿En qué piensas?
Nassira levantó la mirada. En sus ojos había ilusión, pero también un profundo temor.
—Tengo miedo.
—¿De qué?
—De que mañana no lo acepten.
Su voz se quebró.
—Samyra... si los abuelos lo rechazan, no sé qué haré. No quiero perder a Phillip, pero tampoco quiero perder a mi familia.
Samyra la abrazó con ternura.
—No tienes que elegir entre el hombre que amas y las personas que te criaron.
Nassira suspiró.
—Ojalá fuera tan sencillo.
Samyra sonrió con dulzura.
—Confía en él. Phillip siempre ha sabido ganarse el respeto de las personas.
Nassira la miró con curiosidad.
—¿Tú realmente crees que todo saldrá bien?
—Sí.
Samyra asintió sin vacilar.
—Mi padre lo admiraba profundamente. Cuando Phillip estudiaba medicina, la situación económica de su familia era muy difícil. Mi padre descubrió que estaba a punto de abandonar la universidad y decidió ayudarlo a pagar parte de sus estudios.
Nassira abrió los ojos con sorpresa.
—Nunca me contó eso.
—Porque nunca le gustó presumir lo que recibió de los demás. Siempre decía que esa ayuda lo obligaba a convertirse en un hombre digno de la confianza que habían depositado en él.
Samyra sonrió al recordarlo.
—Cuando se graduó, regresó personalmente para darle las gracias a mi padre. Nunca olvidó aquel gesto. Phillip es un hombre agradecido, humilde y honorable.
Nassira sintió que la ansiedad disminuía.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Entonces... solo debo confiar en él.
—Exactamente.
Samyra acarició su mejilla.
—Y también confiar en Alá.
***
Al día siguiente, la casa estaba llena de un ambiente diferente.
Por primera vez en mucho tiempo, no había tristeza ni preocupación.
Había ilusión.
Samyra y Omar decidieron preparar personalmente la cena.
—Déjame cortar las verduras —dijo Omar, tomando un cuchillo.
Samyra arqueó una ceja.
—¿Estás seguro? No quiero terminar llevándote nuevamente al hospital.
Él soltó una carcajada.
—Qué poca confianza me tienes.
—Porque la última vez casi cortas la tabla en lugar de la cebolla.
Los dos comenzaron a reír.
Mientras cocinaban, los bebés permanecían en sus sillitas observándolos.
Murad agitaba las manos emocionado cada vez que Omar le sonreía.
La pequeña Fahriye respondía con una dulce risita.
Omar los miró y su corazón se llenó de paz.
Aquella escena era exactamente la vida con la que siempre había soñado.
Samyra lo observó en silencio.
Durante años había imaginado momentos tan simples como cocinar juntos, compartir una comida en familia o ver a sus hijos crecer al lado del hombre que amaba.
Y ahora, por fin, los estaba viviendo.
Cuando terminaron de cocinar, ambos colocaron cuidadosamente los platos sobre la mesa.
Todo estaba listo.
Solo faltaban los invitados.
***
Los primeros en llegar fueron los abuelos.
Nassira los recibió con un respetuoso abrazo.
Aunque intentaba sonreír, no dejaba de mirar el reloj.
Cinco minutos.
Siete. Diez.
El corazón comenzó a acelerársele.
—¿Y si se arrepintió?
Samyra notó su inquietud.
—Vendrá.
Como si aquellas palabras hubieran sido una señal, el timbre sonó.
Nassira prácticamente corrió hacia la puerta.

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