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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 232

Omar la ayudó a subir.

El helicóptero despegó lentamente.

Desde el cielo, las luces de la ciudad comenzaron a hacerse cada vez más pequeñas.

Samyra apoyó la cabeza sobre el hombro de Omar.

Él rodeó su cintura con un brazo.

Por primera vez en muchos años, ninguno de los dos sentía culpa, miedo o incertidumbre.

Solo paz.

Mientras contemplaba el inmenso mar iluminado por la luna,

El viaje hacia la isla fue un preludio perfecto.

Al llegar, el paisaje los recibió con una belleza que parecía sacada de un sueño.

Omar no esperó un segundo más; con un movimiento ágil y protector, cargó a su esposa en brazos, haciéndola reír con suavidad, y la llevó a través de los pasillos de la residencia hasta la majestuosa habitación nupcial.

Al entrar, Omar la bajó lentamente, pero no la soltó. Samyra lo miró fijamente, con los ojos brillando por la emoción del momento.

—¿Eres feliz, Omar? —preguntó ella en un susurro, buscando la confirmación en sus ojos.

Él asintió con una devoción infinita en la mirada.

—Soy muy feliz, mi vida —respondió él, antes de estrecharla contra su pecho—. Pero estoy seguro de soy el hombre más afortunado del mundo por tenerte a mi lado.

Se miraron con una intensidad que detuvo el tiempo. Lentamente, Omar se inclinó y comenzó a besarla.

El beso inició con una dulzura y una ternura infinitas, un compromiso silencioso de cuidado y respeto.

Sin embargo, el calor entre ambos no tardó en encenderse, y poco a poco, el beso apremió con una pasión incontenible que reclamaba los cuerpos de ambos.

Una a una, las ropas cayeron al suelo, quedando despojados de cualquier barrera.

Fue entonces cuando la mirada de Omar se detuvo en las marcas sobre la piel de Samyra.

Eran esas cicatrices imborrables, los testimonios silenciosos del día en que ella, arriesgándolo todo, salvó su vida.

Lejos de apartar la vista, Omar las contempló con un amor que rayaba en la adoración.

Con la delicadeza de quien toca una obra de arte sagrada, acarició las marcas con la yema de sus dedos y, acto seguido, se inclinó para besarlas una a una con una devoción conmovedora.

—Significan la prueba viviente de que me salvaste —susurró él contra su piel, con la voz rota por la emoción—. Te amo, amor de mi vida.

Omar continuó besándola, descendiendo con suavidad por su silueta.

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