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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 240

Dos horas.

Para Phillip, aquellas dos horas en la sala de espera del hospital no fueron simplemente ciento veinte minutos. Fueron una condena. Una eternidad suspendida entre la esperanza y el miedo, como si el tiempo hubiera decidido castigarlo alargando cada segundo hasta volverlo insoportable.

El reloj colgado en la pared avanzaba con una lentitud cruel.

Cada tic tac resonaba en su cabeza como un recordatorio de que, detrás de aquellas puertas cerradas, Nassira luchaba por su vida mientras su hija peleaba por respirar.

Nunca había sentido tanto miedo.

Ni siquiera cuando enfrentó los peores momentos de su vida.

Porque esta vez no podía hacer absolutamente nada.

No podía protegerlas.

No podía entrar al quirófano.

No podía cambiar el destino.

Solo esperar.

Y aquella espera lo estaba destruyendo.

Permanecía sentado unos minutos, pero la ansiedad lo obligaba a levantarse de inmediato. Caminaba de un extremo al otro del pasillo con las manos entrelazadas sobre la cabeza, respirando con dificultad.

Volvía a sentarse.

Se levantaba otra vez.

Sentía que el aire no alcanzaba para llenar sus pulmones.

Las luces blancas del hospital le parecían demasiado frías.

El olor a desinfectante le revolvía el estómago.

Cada vez que una puerta se abría, levantaba la cabeza con desesperación, creyendo que por fin saldría alguien con noticias.

Pero nunca era para él.

Omar permanecía a unos pasos de distancia, observándolo en silencio.

Sabía que no existían palabras capaces de aliviar el tormento que consumía a Phillip.

Samyra tampoco dejaba de rezar.

Con las manos unidas y los ojos cerrados, elevaba súplicas silenciosas a Alá, pidiendo que protegiera a Nassira y a la pequeña que aún luchaba por aferrarse a la vida.

Los abuelos tampoco podían ocultar la angustia.

La abuela de Nassira lloraba en silencio mientras sostenía un rosario islámico entre los dedos, repitiendo una y otra vez las mismas oraciones.

Su esposo tenía la mirada fija en el suelo.

Nunca se había sentido tan impotente.

Phillip terminó dejándose caer sobre una de las sillas.

Apoyó los codos sobre las rodillas y escondió el rostro entre las manos.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse sin que pudiera detenerlas.

—Alá... —susurró con la voz quebrada—. No me las quites.

Su pecho se estremecía con cada palabra.

—Llévame a mí si es necesario... pero déjalas vivir. Por favor... no permitas que mi hija llegue a este mundo para quedarse sin madre... no permitas que Nassira se vaya...

Las imágenes de los últimos meses comenzaron a desfilar por su mente.

Recordó el trasplante de útero.

Los interminables tratamientos.

Las revisiones médicas.

El miedo constante.

Las lágrimas de felicidad cuando descubrieron que el embarazo había funcionado.

Las pequeñas pataditas de la bebé.

La ilusión con la que habían preparado su habitación.

Todo.

Todo parecía desfilar frente a él como si su vida estuviera siendo juzgada.

No.

No podía terminar así.

No después de todo lo que habían luchado.

No después de tantos milagros.

Pasaron varios minutos más.

Luego otros. Y otros.

Hasta que, finalmente...

La puerta del área quirúrgica se abrió.

El sonido hizo que todos levantaran la cabeza al mismo tiempo.

Phillip fue el primero en reaccionar.

Se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás con estrépito.

Su corazón golpeaba con tanta fuerza que creyó que iba a romperle el pecho.

El médico apareció retirándose lentamente el gorro quirúrgico.

Su uniforme aún llevaba pequeñas manchas de sangre.

Phillip sintió que las piernas le temblaban.

Buscó desesperadamente una respuesta en el rostro del doctor.

Necesitaba una señal.

Una sola.

El médico respiró profundamente antes de acercarse.

—Phillip...

Aquella única palabra bastó para que el mundo pareciera detenerse.

El joven tragó saliva.

—¿Ella...?

El doctor sonrió apenas.

Era una sonrisa cansada.

Pero también era una sonrisa llena de alivio.

—Tu esposa es una mujer extraordinariamente fuerte.

Phillip sintió que el aire regresaba a sus pulmones.

—Logramos controlar la hemorragia interna a tiempo. Fueron momentos muy críticos. Perdió mucha sangre y hubo varios minutos en los que temimos lo peor.

Todos permanecieron inmóviles.

Nadie se atrevía a respirar.

—Para salvarle la vida tuvimos que retirar completamente el útero trasplantado. Era imposible conservarlo sin ponerla nuevamente en peligro.

Phillip cerró los ojos.

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