Nassira despertó al día siguiente.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
Sentía el cuerpo pesado, una debilidad profunda que parecía recorrer cada parte de ella. El sonido suave de los monitores y el olor característico del hospital le recordaron lentamente lo ocurrido.
El parto. La hemorragia. El miedo.
El rostro de Phillip lleno de desesperación mientras ella luchaba por mantenerse con vida.
Intentó moverse, pero una punzada de dolor la obligó a quedarse quieta.
Entonces sintió algo.
Una mano cálida sosteniendo la suya.
Giró lentamente el rostro y lo vio.
Phillip estaba sentado junto a ella, con los ojos cansados, como si no hubiera dormido en toda la noche. Sin embargo, cuando sus miradas se encontraron, una sonrisa apareció en su rostro.
—Phillip... —susurró ella con la voz débil.
Él se levantó de inmediato y acarició su rostro con una ternura que hizo que los ojos de Nassira se llenaran de lágrimas.
—Mi amor...
Se inclinó y besó su frente con cuidado.
—Nuestra bebé nació.
Nassira contuvo la respiración.
Durante meses había soñado con escuchar esas palabras.
—Es una niña —continuó Phillip, sonriendo entre lágrimas—. Está hermosa. Es pequeña, pero está bien. Los médicos dicen que es fuerte. Está en la incubadora, pero está luchando.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de Nassira.
—¿Mi bebé está viva?
Phillip tomó su mano y la llevó a sus labios.
—Sí. Nuestra hija está viva.
Ella cerró los ojos mientras lloraba en silencio.
Después de todo lo que habían sufrido.
Después de todos los momentos en los que creyó que nunca tendría esa oportunidad...
Su hija estaba allí.
—Gracias a Alá... —susurró Nassira.
Phillip apoyó su frente contra la de ella.
—Gracias a Alá por salvarte a ti también.
***
Horas después, cuando los médicos confirmaron que Nassira estaba lo suficientemente estable, permitieron que viera a la bebé.
Las enfermeras llevaron la incubadora hasta su habitación.
El corazón de Nassira comenzó a latir con fuerza.
Y entonces la vio.
Era tan pequeña. Tan frágil.
Su hija. La bebé que había llevado dentro durante meses.
La pequeña que había provocado que ella luchara contra la muerte.
Nassira comenzó a llorar.
No eran lágrimas de tristeza.
Eran lágrimas de una felicidad que parecía imposible.
—Mi niña...
Sus manos temblaron cuando finalmente le permitieron cargarla.
Aunque la bebé tenía algunos cables y necesitaba cuidados especiales, para Nassira era perfecta.
La sostuvo con una delicadeza infinita, como si tuviera entre sus brazos el tesoro más valioso del mundo.
Phillip observaba la escena en silencio.
Nunca había visto a Nassira tan hermosa.
No por su apariencia.
Sino por la paz que había en sus ojos.
—¿Cómo la llamaremos? —preguntó él.
Nassira miró a la pequeña.
Había pensado en muchos nombres, pero ninguno parecía suficiente para la niña que había llegado después de una batalla tan grande.
Entonces sonrió.
—Inaya.
Phillip repitió el nombre suavemente.
—Inaya...
—Significa protección, cuidado... alguien que recibe atención y misericordia.
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
—Porque eso fue ella para nosotros. Un milagro protegido por Alá.
Phillip sonrió y acarició la pequeña mano de la bebé.
—Es perfecto.
Miró a su esposa.
—La adoro.
Nassira sonrió.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que la vida le estaba devolviendo algo.
***
Los meses pasaron.
Seis meses después, la casa de los Rezza Al-Sabah había cambiado completamente.
Ya no estaba llena de silencios ni de miedo.
Ahora había risas. Había juguetes. Había pequeñas mantas por todos lados y el sonido de una bebé que llenaba cada rincón.
Nassira miraba a Inaya dormir en sus brazos.
La niña había crecido fuerte.
Sus mejillas eran más redondas y sus ojos brillaban con curiosidad cada vez que veía a sus padres.
Nassira sonreía.
Nunca había imaginado que podría sentir una felicidad tan grande.
Había pensado que la maternidad era un sueño perdido.
Pero Inaya le había demostrado que algunos milagros llegan después de la tormenta.
Entonces recibió una llamada.
Cuando vio el nombre en la pantalla, frunció ligeramente el ceño.
Era la madre de Mohamed.
Contestó.
—Nassira...
La voz de la mujer estaba rota.
—Necesito pedirte algo.
Nassira se incorporó.
—¿Qué sucede?

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