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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 242

Un mes después.

Aquel día, Samyra despertó antes que de costumbre.

Durante unos segundos permaneció acostada, mirando el techo de la habitación mientras escuchaba la respiración tranquila de sus hijos al otro lado del pasillo.

Sonrió.

Había pasado tanto tiempo desde aquella época en la que no sabía si volvería a caminar, si volvería a ejercer la medicina, si algún día dejaría de sentirse rota.

Y ahora estaba allí.

A punto de inaugurar el proyecto más importante de su vida.

No era solamente un hospital.

Era la prueba de que todo el dolor que había vivido no había sido en vano.

Era una promesa para todos aquellos pacientes que, como ella, habían pensado alguna vez que ya no tenían esperanza.

***

El Hospital Oncológico Emir Rashid Al Qasimi estaba listo.

La tecnología más avanzada que Samyra había conocido durante sus años de preparación en Suiza ahora estaría disponible en Dubái.

Los tratamientos innovadores, las nuevas técnicas médicas y los protocolos que podían cambiar la vida de miles de pacientes finalmente llegarían a Medio Oriente.

Sin embargo, Samyra y Alya tenían claro algo:

La medicina no podía convertirse en un privilegio reservado únicamente para quienes tenían dinero.

Por esa razón, la fundación de la Jequesa Alya financiaría programas especiales para ayudar a pacientes de bajos recursos, no solo de Dubái, sino de diferentes partes del mundo.

Ese fue uno de los motivos por los que Samyra aceptó convertirse en la directora del hospital.

Porque no quería construir solamente un lugar de prestigio.

Quería construir un lugar donde la esperanza tuviera una oportunidad.

Phillip también formaría parte del proyecto como gerente del área de oncología, reuniendo a especialistas reconocidos internacionalmente.

Era un equipo formado por médicos brillantes.

Pero, sobre todo, por personas que creían que salvar una vida era mucho más que aplicar un tratamiento.

Era acompañar a alguien en su momento más difícil.

***

Cuando Samyra salió de la habitación, Omar ya la esperaba.

Por un instante se quedó mirándola.

Ella llevaba un elegante vestido azul y un velo del mismo color que resaltaba sus ojos.

Pero lo que más admiraba de ella no era su belleza.

Era la mujer en la que se había convertido.

La mujer que había sobrevivido.

La mujer que había aprendido a levantarse incluso cuando él mismo había sido una de las razones de su dolor.

Omar se acercó.

Tomó su mano con delicadeza y besó sus dedos.

—Habibti... estás hermosa.

Samyra sonrió.

—¿Estás orgulloso de mí?

—Estoy más orgulloso de ti de lo que las palabras pueden explicar.

Ella bajó la mirada emocionada.

—Gracias.

Omar negó suavemente.

—No. Gracias a ti por demostrarme lo que significa la verdadera fuerza.

***

Al llegar al hospital, cientos de personas ya los esperaban.

El edificio llevaba el nombre de:

Hospital Oncológico Emir Rashid Al Qasimi.

El Emir había sido fundamental para conseguir los permisos necesarios, además de apoyar con inversiones junto a Omar para hacer realidad aquel proyecto.

Samyra y Alya fueron las primeras en cortar el listón rojo.

Detrás de ellas estaban los siete Emires de Dubái, junto a sus familias.

Hamdan y Omar permanecían al lado de sus esposas, orgullosos de verlas cumplir sus sueños.

Los medios de comunicación capturaban cada momento.

Pero para Samyra, aquello no era un evento de fama.

Era un recuerdo.

Un recuerdo de todas las veces que creyó que no llegaría hasta allí.

***

Más tarde, durante el recorrido con la prensa, varios periodistas preguntaron sobre el hospital y sobre la historia personal de Samyra.

Una reportera la miró con admiración.

—Doctora, muchas personas conocen su historia. Saben que sufrió heridas graves y que quedó con una lesión permanente en su pierna. ¿Alguna vez pensó que eso impediría llegar hasta aquí?

Samyra permaneció en silencio unos segundos.

Antes, esa pregunta habría provocado dolor.

Ahora no. Miró su pierna.

Y sonrió.

—Durante mucho tiempo pensé que mi cicatriz era una señal de todo lo que había perdido.

Hizo una pausa.

—Pero ahora entiendo que es una señal de que sobreviví.

Los presentes guardaron silencio. Sonrió.

—A veces las heridas que más nos duelen son las que nos recuerdan que seguimos vivos.

Omar la observó desde unos pasos atrás.

Su pecho se llenó de orgullo. Porque sabía que aquella mujer no necesitaba que nadie la salvara.

Ella que lo había salvado a él, también se había salvado a sí misma.

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