Durante el trayecto de regreso, el silencio se convirtió en el tercer ocupante del automóvil.
Ni Fahriye ni Zayn pronunciaron una sola palabra.
El conductor mantenía la vista fija en el camino, mientras las luces de Dubái desfilaban tras los cristales como un río de destellos dorados.
Afuera, la ciudad seguía latiendo con su habitual esplendor; dentro del vehículo, en cambio, todo parecía haberse detenido en el instante exacto en que Fahriye había descubierto la verdad.
Aún podía ver aquella imagen clavada en su memoria.
Adnan. Sonriendo. Abrazando a otra mujer.
Y al pequeño niño que corría a refugiarse entre sus brazos.
No había sido únicamente una infidelidad.
Era una doble vida. Una mentira construida durante años.
Cada promesa que él le había hecho comenzaba a desmoronarse dentro de su pecho.
El automóvil finalmente se detuvo frente a la elegante mansión de la familia Al Sabah.
El jeque descendió primero y abrió la puerta para ella.
Fahriye salió sin levantar la mirada.
Su rostro permanecía sereno, pero por dentro se sentía completamente rota.
Antes de que pudiera avanzar hacia la entrada, la voz grave del hombre volvió a detenerla.
—Señorita... ¿qué piensa hacer?
Ella permaneció inmóvil durante unos segundos.
No respondió de inmediato.
Sabía perfectamente a qué se refería.
Fahriye respiró profundamente antes de girarse.
Sus ojos seguían húmedos, pero ya no había lágrimas en ellos.
Solo una calma que resultaba mucho más inquietante.
—Jeque... solo le suplico que no me pida compasión ni me convenza de guardar silencio.
Hizo una breve pausa.
—Lo que haga a partir de ahora será únicamente mi decisión.
El hombre la observó con preocupación.
Quiso decir algo más.
Intentó encontrar palabras que la hicieran cambiar de opinión.
Pero comprendió que era inútil.
En cuanto la enorme puerta se cerró tras ella, la fortaleza que había construido durante todo el camino terminó por derrumbarse.
Subió las escaleras casi corriendo.
Entró en su habitación.
Cerró la puerta con llave.
Y entonces, por primera vez desde que descubrió la traición, rompió a llorar.
El llanto salió con una fuerza que ni ella misma esperaba.
Se dejó caer sobre la alfombra junto a la cama mientras las lágrimas empapaban el delicado tejido de su vestido.
Le dolía el pecho.
Le costaba respirar.
Recordó el primer ramo de flores que Adnan le había enviado.
Las cartas escritas de su puño y letra.
Las largas conversaciones en las que le prometía que jamás seguiría el ejemplo de otros jeques que acumulaban esposas y amantes.
«Solo existirá una mujer para mí.»
Recordó aquellas palabras con absoluta claridad.
Él se las había repetido mirándola directamente a los ojos.
También recordó la noche en que le entregó el anillo familiar.
Le había tomado ambas manos.
Le había prometido una vida llena de respeto.
De amor. De fidelidad.
Ella creyó cada palabra.
Porque nunca había aprendido a amar desconfiando.
Había crecido viendo el matrimonio de sus padres.
Su padre mimaba a su madre como un tesoro.
Siempre caminaban tomados de la mano.
Sus tíos compartían el mismo tipo de amor tranquilo y leal.
Desde pequeña creyó que ese era el verdadero matrimonio.
Pensó que Adnan construiría con ella una historia igual.
Y ahora comprendía que todo había sido una ilusión.
No era la futura esposa de un hombre honorable.
Era la prometida de alguien que ya tenía otra familia escondida.
La idea la hizo estremecerse.
—¿Por qué...? —susurró entre lágrimas—. ¿Por qué me hiciste esto, Adnan?
No obtuvo respuesta.
Solo el silencio de aquella inmensa habitación.
Las horas transcurrieron lentamente.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe