Inaya sintió que el teléfono pesaba como una roca entre sus manos.
—Fahriye... por Alá... —susurró con la voz quebrada—. Si esto sale a la luz... va a estallar una guerra.
Fahriye no respondió de inmediato.
Observó a lo lejos a su madre, Samyra, sonriendo orgullosa mientras enseñaba los regalos de compromiso a las invitadas.
Las mujeres admiraban las joyas. Comentaban el inmenso valor del mahr.
Todas hablaban de la suerte que tenía la futura novia.
Ninguna imaginaba que aquella felicidad estaba construida sobre una mentira.
—¿Crees que la guerra no comenzó desde el momento en que él decidió traicionarme? —preguntó Fahriye con una calma estremecedora.
Inaya bajó la cabeza.
No encontró argumentos para responder.
Fahriye continuó:
—Él no solo me engañó a mí. Engañó a nuestra familia. Se burló del compromiso. Se burló de mi madre... de mi padre... de todos los que hoy celebran esta boda.
—Todavía puedes detener esto —dijo Inaya en un último intento—. Puedes romper el compromiso en privado. No hace falta humillarlo delante de toda la alta sociedad.
Fahriye dejó escapar una sonrisa amarga.
—¿En privado?
Repitió aquellas palabras con ironía.
—¿Y quién limpiará entonces mi nombre?
Inaya permaneció en silencio.
—Dentro de unas horas, toda la prensa publicará fotografías de esta ceremonia. Todos dirán que fui la prometida abandonada o que acepté casarme con un hombre que tenía otra familia. Siempre buscarán una forma de culpar a la mujer.
Respiró profundamente.
—No.
Negó lentamente con la cabeza.
—Hoy la verdad tendrá testigos.
—¿Estás completamente segura?
—Nunca había estado tan segura de algo en toda mi vida. Hazlo.
—Está bien...
Susurró con dificultad.
—Lo haré.
Fahriye le apretó suavemente la mano.
—Gracias.
En ese momento, la música tradicional que llenaba el jardín se apagó lentamente.
Las últimas notas del laúd quedaron suspendidas en el aire hasta desaparecer por completo, dejando detrás un silencio extraño, casi solemne.
Las conversaciones comenzaron a disminuir una tras otra.
La comitiva real había llegado.
Primero apareció la jequesa Alya, madrastra del jeque Adnan y una de las figuras femeninas más respetadas.
Detrás de ella avanzaba la mujer que realmente representaba el peso de la dinastía.
La abuela Cerem. La matriarca indiscutible de la familia Al Qasimi y esposa del Emir de Furayia.
Las invitadas inclinaron ligeramente la cabeza en señal de respeto mientras ella avanzaba hacia el centro del jardín.
Fahriye observó su llegada en silencio.
Cerem llegó al pequeño escenario preparado en medio del jardín.
Luego levantó una mano enjoyada y llamó a la novia.
—Fahriye, acércate.
Su voz no fue fuerte, pero no necesitó serlo.
Toda la atención se dirigió hacia ellas.
Fahriye caminó lentamente hasta colocarse frente a la matriarca.

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