Murad entró al palacio como una tormenta imposible de detener.
Las enormes puertas dobles del majlis se abrieron de golpe, golpeando contra las paredes de mármol y rompiendo la tranquilidad que reinaba en el interior.
Los empleados reales quedaron paralizados.
Nadie se atrevía a detenerlo.
No porque no tuvieran autoridad para hacerlo, sino porque la expresión en el rostro del joven Al-Sabah dejaba claro que aquel no era un hombre que hubiera llegado para conversar.
Había dolor. Había furia.
Y sobre todo, había una necesidad desesperada de defender a la persona que más amaba.
Dentro del majlis, los hombres de la familia Al Qasimi descansaban sobre los elegantes divanes de cuero, rodeados por consejeros y familiares cercanos.
Apenas unos minutos antes, aquel lugar estaba lleno de calma y seguridad.
Adnan conversaba con su padre, Hamdan, revisando los últimos detalles de la boda.
Ambos sonreían.
Hablaban de la unión entre dos grandes familias.
Del futuro. Del prestigio. De cómo aquella boda fortalecería aún más los lazos entre los Al Qasimi y los Al-Sabah.
Ninguno de los dos imaginaba que la celebración que creían perfecta acababa de convertirse en la mayor vergüenza de su historia.
Adnan incluso parecía feliz.
Como si todavía pudiera creer que todo seguía bajo su control.
Como si las consecuencias jamás fueran a alcanzarlo.
Hasta que Murad cruzó el salón.
Sus pasos resonaron sobre el mármol.
Adnan apenas tuvo tiempo de levantarse.
Murad lo tomó por el cuello de su túnica con una fuerza que sorprendió a todos.
—¿Tú sabes lo que hiciste? —susurró con una furia contenida.
Y antes de que alguien pudiera intervenir, su puño impactó contra el rostro de Adnan.
El golpe lo hizo caer al suelo.
Un jadeo de horror recorrió la habitación.
Los hombres Al Qasimi se pusieron de pie de inmediato.
Tíos, primos y consejeros avanzaron preparados para detener aquella ofensa.
Pero entonces las puertas volvieron a abrirse.
Esta vez no entró solo Murad.
Omar Al-Sabah apareció acompañado por sus hombres de confianza.
Su presencia cambió completamente la atmósfera.
La tensión se volvió insoportable.
Hamdan dio un paso al frente con el rostro endurecido.
—¡¿Qué significa esta falta de respeto dentro de mi casa?!
Su voz hizo eco en todo el majlis.
Adnan permanecía en el suelo.
Se llevó una mano al labio, limpiando la pequeña herida que había dejado el golpe.
Pero más que el dolor físico, lo que lo destruía era otra cosa.
Todos lo estaban mirando.
Todos sabían.
Su secreto ya no pertenecía únicamente a él.
Murad apretó los puños.
—Significa que su hijo traicionó a mi hermana.
—Ese hombre que todos aquí llaman honorable tenía una vida escondida.
Nadie habló.
—Tiene una mujer.
Una pausa.
—Tiene un hijo. Y ahora esa mujer está esperando otro hijo suyo.
El silencio cayó sobre la habitación.
Incluso aquellos que querían defender a Adnan quedaron sin palabras.
Murad dio un paso hacia él.
—Mientras mi hermana preparaba una boda creyendo que iba a formar una familia, él construía otra vida a sus espaldas.
Sus ojos ardían.
—Fahriye fue humillada delante de todos. Su honor fue puesto en juego. Y ustedes pretenden que esto se quede como un simple error.
La puerta del salón se abrió nuevamente.
El Emir Rashid apareció.
Todos guardaron silencio.
El anciano avanzó lentamente. No miró a Murad. No miró a Omar.
Miró directamente a su nieto.
Adnan sintió que, por primera vez, realmente tenía miedo.
El Emir se detuvo frente a él.
—¿Es verdad?
La voz del anciano fue baja.
—Abuelo...
Adnan tragó saliva.
—Puedo explicarlo.
El Emir no apartó la mirada.
—No te pregunté si puedes explicarlo.
Su expresión se endureció.
—Te pregunté si es verdad.
Adnan bajó la cabeza. Ese pequeño gesto fue suficiente.
El silencio respondió por él.
La decepción apareció en los ojos del Emir.
Y fue mucho peor que la ira.
—Lo hiciste.
—Abuelo, yo...
Pero no pudo terminar.
La mano del Emir golpeó su rostro.
El sonido de la bofetada resonó en todo el majlis.
Todos quedaron inmóviles.
Hamdan abrió los ojos, horrorizado.
—¡Padre!
Pero una sola mirada del Emir lo detuvo.
—No defiendas lo indefendible.
La voz del anciano era helada.
—Hoy no estoy castigando a mi nieto por cometer un error.
Miró a Adnan.
—Estoy castigando a un hombre que creyó que su apellido lo hacía intocable.
El silencio era absoluto.
Entonces Murad giró hacia Zayn.
Durante años habían sido amigos. Habían crecido juntos.
Incluso habían compartido años de estudio y confidencias en Harvard.

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