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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 247

El collar de diamantes cayó al suelo.

El sonido de la joya golpeando el mármol fue más fuerte que cualquier grito.

Durante generaciones, aquella pieza había representado el orgullo de las mujeres Al Qasimi.

Pero ahora estaba allí, abandonado en el suelo, como si también hubiera sido testigo de la humillación que acababa de sufrir la familia.

La abuela Cerem permaneció inmóvil.

Sus manos temblaban.

Nunca, en todos sus años de vida, había sentido una vergüenza semejante.

Ella había enfrentado guerras familiares, conflictos políticos y enemigos que intentaron destruir su apellido.

Pero jamás imaginó que la herida más profunda vendría de alguien de su propia sangre.

Uno de los asistentes reaccionó rápidamente y corrió hacia la joya.

Con extremo cuidado recogió el collar del suelo y lo colocó nuevamente dentro del cofre de terciopelo azul marino.

Nadie habló. Nadie se atrevía.

El silencio era insoportable.

Entonces, de repente, las grandes puertas del jardín se abrieron.

Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada.

Dos guardias aparecieron escoltando a una mujer.

No caminaba con orgullo.

No tenía la elegancia de las invitadas.

Sus pasos eran inseguros, su rostro estaba cubierto de lágrimas y sus ropas sencillas contrastaban con el lujo que la rodeaba.

Parecía aterrada.

Como si ella misma supiera que estaba entrando al lugar donde su presencia destruiría todo.

Cuando llegó al centro del jardín, cayó de rodillas.

Sus sollozos rompieron el silencio.

—¡Adnan! —gritó desesperada—. ¡Adnan es mi hombre!

Las mujeres se miraron entre sí, desconcertadas.

La mujer levantó el rostro lleno de lágrimas.

—¡Soy su mujer! ¡Tengo a su hijo!

Un murmullo recorrió el jardín.

Pero antes de que alguien pudiera reaccionar, ella llevó una mano temblorosa a su vientre.

—Y estoy esperando otro hijo suyo...

El impacto fue inmediato.

La abuela Cerem sintió que le faltaba el aire.

Llevó una mano a su pecho.

Sus ojos, que durante años habían sido símbolo de fortaleza, comenzaron a llenarse de lágrimas.

No era solo la traición de su nieto.

Era comprender que mientras todos preparaban aquella boda, Adnan había construido otra vida en secreto.

Alya permanecía inmóvil.

Su rostro estaba completamente pálido.

Aunque Adnan no era su hijo biológico, representaba su casa.

La vergüenza también caía sobre ella.

Nunca había sentido una humillación semejante.

—¡Ya basta! —ordenó finalmente, recuperando algo de su autoridad—. Todos los invitados deben abandonar este lugar.

Su voz resonó con firmeza.

—Ahora mismo.

Las mujeres comenzaron a moverse lentamente, todavía impactadas por lo que acababan de presenciar.

Alya miró a los asistentes.

—Nadie fuera de este jardín debe escuchar más detalles. Esta situación será tratada dentro de la familia.

No era solo una orden.

Era un intento desesperado por contener un escándalo que ya había comenzado a extenderse.

Poco a poco, el jardín quedó vacío.

Solo permanecieron los miembros de las familias Al Qasimi y Al-Sabah.

El silencio que quedó era mucho más doloroso que los murmullos anteriores.

Samyra fue la primera en moverse.

Solo vio a su hija.

Caminó hacia Fahriye y la abrazó con fuerza.

Como si quisiera protegerla de todo el dolor que acababa de caer sobre ella.

—¿Cuándo lo supiste? —preguntó con la voz rota—. ¿Por qué no confiaste en mí, hija?

Fahriye permaneció entre sus brazos. No lloraba.

Pero su rostro mostraba un dolor tan profundo que era peor que cualquier lágrima.

—No quería destruir nuestra familia antes de estar segura, madre...

Su voz se quebró apenas.

—Pensé que podría manejarlo.

Samyra cerró los ojos.

Le dolía verla intentando ser fuerte cuando en realidad estaba destrozada.

Entonces Nassira dio un paso adelante.

La indignación reemplazaba a la tristeza en su rostro.

—¿Qué significa esto?

Su mirada pasó de una familia a otra.

—¿Cómo pudieron permitir algo así? ¿Cómo pudieron preparar una boda mientras ese hombre tenía otra familia escondida?

Las jequesas quedaron en silencio.

Alya levantó la mirada con orgullo herido.

—Cuide sus palabras, señora Rezza. Jamás permitiríamos semejante engaño.

Nassira soltó una amarga sonrisa.

—Entonces no olvide quién es la familia Al-Sabah.

Su voz se volvió firme.

—Porque mientras ustedes hablan de honor, mi sobrina fue quien tuvo que descubrir la verdad y cargar con esta humillación.

Alya apretó la mandíbula. Pero no pudo responder.

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