Murad deslizó con una lentitud tortuosa la manga del vestido de Hasret, dejando al descubierto el contorno de su hombro esculpido y blanco.
Abandonó sus labios con un suspiro pesado y comenzó a trazar un sendero de besos ardientes hacia la piel sensible de su cuello.
Sentir la boca de él devorando su carne la quemó por completo, como si mil brasas encendidas cayeran directamente sobre su piel.
La intensidad del roce la abrumó tanto que una sacudida de pánico y placer recorrió su columna vertebral.
Hasret colocó sus manos sobre el pecho al descubierto de Murad, intentando contener la avalancha de sensaciones.
—¡No...! —suplicó ella, con la voz quebrada por el ahogo de la excitación.
Pero sus ojos se encontraron en la penumbra de la habitación.
Murad se detuvo apenas a un milímetro de su piel y curvó los labios en una sonrisa lenta, dominadora y peligrosamente seductora.
—¿Qué pasa? —murmuró él con voz áspera, exhalando su aliento caliente contra la yugular de la joven—. ¿No querías que fuese tuyo? Ahora tienes miedo... Encendiste mi fuego, ¿y ahora te niegas a arder en él? Demasiado tarde, pequeña.
Sin darle tiempo a procesar sus palabras, Murad atrapó un pliegue de su cuello con los labios, succionando y mordisqueando con una firmeza erótica que hizo que Hasret arqueara la espalda y dejara escapar un gemido involuntario y ahogado.
El contraste entre la fuerza de él y la vulnerabilidad de ella avivó la hoguera del afrodisíaco que aún corría por las venas del hombre.
—Yo… señor Al-Sabah… —balbuceó ella, sintiendo que sus defensas caían una a una.
Murad jadeó contra su piel, subió de golpe para apoderarse de sus labios en un beso hambriento y, con un movimiento ágil y dominante, sujetó ambas muñecas de Hasret y las apretó por encima de su cabeza contra las almohadas.
Quedó completamente atrapada bajo la mole de su cuerpo.
—Murad... A partir de ahora me llamas así o me llamas Habibi —le ordenó contra la boca, marcando cada palabra con posesión—. Tú decides.
Volvió a descender hacia su cuello, devorándola con caricias lentas y apretones firmes en sus caderas.
Hasret comprendió que ya no había escapatoria; su cuerpo estaba respondiendo a la seducción implacable de Murad, traicionando a su propia mente.
Incapaz de contener la sobrecarga de emociones, sus ojos se llenaron de lágrimas calientes.
“Hasta dónde me atreví a llegar por ti, Tariq”, pensó con amargura, mientras una lágrima solitaria se deslizaba por su mejilla.
“Y para ti no soy nada... Solo una esclava. Tu mascota favorita y mansa”.
Mientras tanto, afuera, en la atmósfera saturada de música y luces tenues del bar del hotel, Tariq veía transcurrir el tiempo balanceando su vaso de licor.
Su mente viajó por un segundo hacia la mujer que había enviado a cumplir su plan.
“Hasret está bien. Es lista”, se dijo a sí mismo con fría arrogancia.
“Siempre hace lo que yo digo, sin rechistar. Es obediente, sumisa... La haré mi segunda esposa, como una concubina. Jamás la principal, porque no es suficiente para ser la dueña de mi hogar ni llevar mi apellido. Pero la protegeré después de esto”.
Desvió la mirada con devoción hacia la mujer sentada a su lado.
“En cambio, Essyra es tan perfecta”.
Essyra, ajena a los pensamientos oscuros de Tariq, sonreía con elegancia mientras conversaba con la hermana de este.
—Voy a casarme con Murad Al-Sabah —anunció Essyra, acomodándose el cabello con orgullo—. Es perfecto. Lo llaman 'el príncipe sin corona'... Es inteligente, inmensamente poderoso, tiene una fortuna incalculable y, además, es increíblemente guapo.
La hermana de Tariq aplaudió entusiasmada, abrazándola.
—¡Seremos familia! ¡Porque yo me casaré muy pronto con su primo, Malik Al-Rezza!


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