El aire en el pasillo se volvió denso, sofocante, cargado de una electricidad peligrosa.
Hasret sentía un miedo atroz paralizándole las piernas; cada uno de sus latidos retumbaba en sus oídos como un tambor de guerra.
Una voz en su interior le gritaba que diera media vuelta y escapara, que huyera antes de que fuera demasiado tarde. Sin embargo, no podía. Estaba clavada al suelo, prisionera de la propia trampa que acababa de tender.
A solo unos pasos de ella, Murad comenzó a tambalearse.
De pronto, un calor ardiente, sofocante y desconocido brotó desde lo más profundo de sus entrañas, quemándolo por dentro como lava hirviente.
El aire comenzó a faltarle.
Un mareo repentino hizo que el techo y el suelo giraran violentamente, obligándolo a apoyarse con pesadez contra la pared. Murad presionó un puño contra su pecho, sintiendo cómo el pulso se le disparaba.
No era un malestar común; era una corriente de fuego líquido que se expandía velozmente desde su vientre hacia cada fibra de su cuerpo, despertando un deseo voraz, salvaje e incontrolable que jamás había experimentado.
Con la respiración agitada y el sudor comenzando a perlar su frente, Murad levantó la cabeza. Sus ojos oscuros, desorbitados por la alteración de sus sentidos, se clavaron en Hasret.
—¿Me... me drogaste? —articuló él con una voz grave, rasposa, cargada de una amenaza implícita.
Hasret, temblando por completo, pero sacando fuerzas de la desesperación, dio un paso hacia él. Con dedos temblorosos buscó la mano grande y caliente de Murad.
El contacto con su piel quemaba; la temperatura de él estaba por los cielos.
Lo incitó con suavidad a avanzar, intentando guiarlo.
—Por favor... ven conmigo —suplicó ella en un murmullo penas audible.
Murad dio dos pasos ciegos, dejándose llevar por un segundo, pero la fuerza de su instinto dominante se impuso.
Con un movimiento brusco y poderoso, la tomó por las muñecas y la puso contra la pared del pasillo, acorralándola con todo el peso de su cuerpo musculoso.
Hasret ahogó un grito cuando sintió el pecho firme de Murad aplastando sus pechos, prisionera absoluta entre el muro frío y la mole de carne caliente en la que él se había convertido.
—¿Por qué me drogaste, mujer? —rugió él sobre sus labios, exhalando un aliento cálido que olía a peligro.
La mirada de Murad estaba nublada por el afrodisíaco, veteada de hilos rojos, pero detrás de esa niebla empezaba a despertar una bestia.
Sus instintos más carnales y primarios tomaban el control por completo. Sentir el cuerpo curvilíneo de Hasret tan pegado al suyo solo alimentaba la hoguera que lo consumía por dentro.
Hasret lo miró a los ojos y sintió que el corazón le daba un vuelco de puro terror y fascinación. Ya no había vuelta atrás.
—Porque te deseo... —confesó ella, dejando ir las lágrimas de tensión que quemaban sus ojos—. Y porque es la única forma en que te fijes en mí, la única forma de tenerte.
Murad se congeló un instante.
Una chispa de profunda sorpresa cruzó por sus facciones atormentadas.
La miró de arriba abajo, devorando con la vista el pequeño escote que subía y bajaba rítmicamente por la respiración agitada de la mujer.


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