Hasret llegó al majestuoso palacio de Zayn y Fahriye poco antes del mediodía.
La residencia, una de las más elegantes de Dubái, había sido elegida para preparar a la novia antes de la ceremonia.
Desde el exterior, el edificio parecía un palacio salido de un cuento: fachadas de piedra blanca, inmensos jardines cubiertos de rosas y fuentes de mármol donde el agua danzaba bajo el sol.
En cuanto el automóvil se detuvo, varias asistentes se acercaron para recibirla.
—Bienvenida, señorita Al-Dafari —dijo una de ellas con una respetuosa inclinación de cabeza.
Hasret respiró hondo antes de bajar.
Aquella sería la última vez que cruzaría una puerta llevando únicamente el apellido Al-Dafari.
Dentro de unas horas, pertenecería oficialmente a la familia Al-Sabah.
Las puertas del palacio se abrieron y Fahriye fue la primera en correr hacia ella.
—¡Hasret!
La abrazó con fuerza.
—Por fin llegó tu momento.
Hasret sonrió emocionada.
—Todavía siento que estoy soñando.
—Pues será mejor que despiertes —rió Inaya mientras se acercaba—. Porque hoy vas a convertirte en la novia más hermosa de todo Dubái.
Las tres rieron.
Poco después apareció la tía Nassira.
Con la elegancia que siempre la caracterizaba, besó ambas mejillas de Hasret.
—Mi niña... hoy comienza una nueva vida para ti.
Que Alá llene tu hogar de paz y bendiciones.
Hasret besó respetuosamente la mano de la mujer.
—Gracias, tía.
Las damas la condujeron hasta la enorme suite nupcial.
La habitación parecía diseñada para una princesa.
Las paredes estaban revestidas de paneles color marfil con detalles dorados, enormes ventanales dejaban entrar la cálida luz del mediodía y sobre una mesa de cristal descansaban perfumes franceses, joyeros abiertos y delicados ramos de jazmín blanco.
En el centro de la habitación esperaba un grupo de maquillistas, estilistas y especialistas en alta costura.
Todo había sido preparado para ella.
Durante las siguientes horas, trabajaron cuidadosamente.
Primero comenzaron con el cabello.
Después llegó el maquillaje.
Finalmente llegó el momento del vestido.
Dos asistentes lo sacaron cuidadosamente de una gran funda de seda.
Todas las mujeres guardaron silencio.
Era una auténtica obra de arte.
Había sido confeccionado durante meses por artesanos especializados.
La seda blanca estaba completamente bordada a mano con hilos de plata y diminutos cristales que brillaban como pequeñas estrellas.
La larga cola parecía interminable.
Con enorme cuidado ayudaron a Hasret a vestirlo.
Después colocaron sobre su cabeza un fino velo de tul francés.
Por último, la joyera de la familia abrió un estuche de terciopelo azul.
Dentro descansaba una impresionante corona dorada.
No era excesivamente alta.
Cuando la colocaron sobre su cabeza, Hasret apenas pudo contener la emoción.
Una maquillista acercó lentamente un enorme espejo.
Ella levantó la vista.
Durante largos segundos permaneció inmóvil.
No reconocía a la mujer reflejada frente a ella.
La niña esclava que un día llegó llorando había desaparecido. En su lugar veía a una mujer segura.
Elegante. Hermosa. Una mujer preparada para iniciar una nueva vida.
Una sonrisa emocionada apareció lentamente en sus labios.
En ese momento la puerta volvió a abrirse.
Samyra entró lentamente.
En cuanto vio a Hasret, sus ojos comenzaron a humedecerse.
Se acercó sin pronunciar una palabra.
Después la abrazó con enorme cariño.
—Hija... Qué hermosa estás.
Hasret sintió que el corazón se encogía.
Correspondió al abrazo con fuerza.
Samyra acarició su rostro.
—Que Alá bendiga este matrimonio. Que nunca te falte el amor. Que nunca vuelvas a conocer el miedo. Y que cada lágrima que derrames a partir de hoy sea únicamente de felicidad.
Hasret tomó ambas manos de Samyra.
Con profundo respeto besó sus nudillos.
—Gracias...
Por quererme como una hija.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...