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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 281

El Palacio Real de los Jeques resplandecía bajo el cielo nocturno como una joya levantada en medio del desierto.

Miles de luces doradas iluminaban las cúpulas, los balcones y las enormes columnas de mármol blanco, haciendo que todo el complejo pareciera un oasis de lujo imposible de igualar.

Las fuentes danzaban al ritmo de la música instrumental que llegaba desde el gran salón de recepciones, mientras el aroma del incienso de oud, las rosas de Taif y el jazmín impregnaba el aire.

Aquella noche no era una celebración cualquiera.

Toda la alta sociedad de los Emiratos se encontraba reunida para presenciar el acontecimiento del año.

Murad Al-Sabah, conocido por muchos como el hombre más influyente del país se casaba hoy. Sin embargo, la familia había mantenido el secreto hasta el último momento.

Nadie conocía el rostro de la futura señora Al-Sabah.

La incógnita había despertado la curiosidad de empresarios, diplomáticos, miembros de familias gobernantes y celebridades de todo Oriente Medio.

Essyra acababa de entrar al salón acompañada por Tariq. Vestía un exclusivo vestido de alta costura color esmeralda, completamente bordado con cristales.

Su cuello estaba adornado por un impresionante collar de diamantes y esmeraldas, pero ni las joyas ni su belleza conseguían tranquilizarla.

Sujetaba la copa de cristal con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

Sus uñas, pintadas de un intenso color carmín, golpeaban lentamente el fino tallo de la copa mientras observaba el escenario preparado para la entrada de los novios.

En el fondo de sus ojos brillaba una mezcla de ansiedad, orgullo y celos.

Durante meses había soñado con acercarse a Murad Al-Sabah, conquistar su atención y convertirse en la mujer más envidiada del país. Jamás imaginó que él aparecería casándose con otra.

A su lado, Tariq acomodó discretamente el cuello de su impecable traje negro.

Intentaba aparentar tranquilidad, pero una extraña sensación no dejaba de oprimirle el pecho desde que cruzó las puertas del palacio.

Era como si algo importante estuviera a punto de suceder.

Essyra rompió el silencio.

—No entiendo tanto misterio.

Bebió un pequeño sorbo de té sin apartar la vista de la enorme pasarela central.

—Seguro es la hija de algún multimillonario extranjero. Una alianza empresarial disfrazada de matrimonio.

Tariq esbozó una sonrisa arrogante.

—Sea quien sea, jamás estará a tu altura.

—Murad siempre ha sido un hombre frío. Esa mujer solo será un adorno en sus eventos sociales. Una esposa elegante para posar ante las cámaras. Nada más.

Essyra sonrió con desdén.

—Eso espero. Porque sería ridículo que una desconocida ocupara el lugar que muchas mujeres de nuestra posición merecían.

Mientras hablaban, las conversaciones del salón comenzaron a disminuir.

Los invitados giraban poco a poco la cabeza hacia la gran entrada principal.

Entonces ocurrió.

Las enormes puertas de bronce, finamente labradas con motivos islámicos, se cerraron lentamente tras los últimos invitados.

Un profundo silencio cayó sobre el salón.

Al segundo siguiente, un estruendo hizo vibrar el suelo.

Los enormes tambores tradicionales comenzaron a sonar con fuerza.

¡Tum! ¡Tum! ¡Tum!

Cada golpe parecía hacer vibrar las columnas de mármol.

Poco después, el sonido agudo y solemne del mizmar llenó el ambiente con una melodía ancestral.

La Zaffah acababa de comenzar.

Las puertas volvieron a abrirse.

Un grupo de hombres vestidos con impecables túnicas ceremoniales irrumpió en el salón formando dos largas filas.

Cada uno sostenía una espada de plata cuidadosamente pulida.

Con absoluta sincronía comenzaron la tradicional danza Al-Ayyala.

Balanceaban las espadas mientras avanzaban al ritmo de los tambores, representando la fuerza, el honor y la protección del esposo hacia su futura familia.

Los invitados comenzaron a aplaudir emocionados.

Algunas personas grababan discretamente con sus teléfonos, conscientes de que estaban presenciando una ceremonia reservada únicamente para las familias más poderosas del Golfo.

En el centro del pasillo apareció Murad Al-Sabah.

Su sola presencia bastó para atraer todas las miradas.

Vestía un elegante bisht negro bordado con gruesos hilos de oro sobre una impecable kandura blanca.

Su porte era imponente.

Cada paso transmitía seguridad y autoridad.

Era el mismo hombre temido por los grandes empresarios, respetado por los jeques y admirado por miles de personas.

Sin embargo...

Aquella noche había algo distinto en él.

Sus ojos, normalmente fríos e impenetrables, brillaban con una calidez desconocida.

La razón caminaba a su lado.

Sujetando con delicadeza la mano de su esposa avanzaba una mujer cubierta por un largo velo de seda blanca.

El vestido parecía confeccionado con luz.

Miles de pequeños diamantes cosidos a mano reflejaban el brillo de los enormes candelabros del salón.

La larga cola se deslizaba elegantemente sobre el mármol.

Una refinada corona de oro, diamantes y rubíes sostenía el velo que ocultaba parcialmente su rostro y su rostro cubierto por el velo, no dejaba ver quien era.

Las mujeres del palacio comenzaron a lanzar los tradicionales zaghrouta, aquellos agudos gritos de celebración que llenaron el salón de alegría.

Desde el estrado principal, Fahriye observaba la escena con los ojos llenos de emoción.

Aplaudía sin dejar de sonreír.

Cuando la procesión alcanzó el centro del salón, un sirviente entregó a Murad una elegante espada ceremonial.

El magnate la desenvainó con un movimiento firme.

El acero brilló bajo la luz de los candelabros.

Con absoluta destreza hizo girar la espada sobre su mano, ejecutando la tradicional Yowlah.

La lanzó hacia el techo.

Durante un instante, todos contuvieron la respiración.

La espada descendió girando en el aire.

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