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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 44

Omar llegó a su habitación y cerró la puerta con un movimiento seco, como si al hacerlo pudiera contener todo lo que llevaba dentro. Pero no fue así.

El silencio lo golpeó con más fuerza que cualquier discusión.

Avanzó dos pasos y, sin advertencia, cayó de rodillas. El impacto contra el suelo no le dolió; lo que dolía era lo que venía detrás. Su respiración se volvió irregular, rota, como si el aire no alcanzara a llenar sus pulmones.

Negó con la cabeza una y otra vez, intentando expulsar las imágenes, pero ya era tarde.

Ahí estaba otra vez.

Samyra. El fuego. El olor que su mente inventaba pero que juraba recordar.

Los gritos. Su cuerpo inmóvil.

Y ella… quemándose por él.

Omar se llevó las manos a los oídos con fuerza, como si pudiera bloquear el recuerdo físicamente. Pero no funcionaba. Los gritos seguían ahí, dentro de su cabeza, rebotando, creciendo, desgarrándolo por dentro.

—No… no… —susurró con voz quebrada.

El pecho le dolía. Cada inhalación era un esfuerzo violento. El sudor le empapaba la frente y la espalda, aunque el cuarto estaba frío. Su mente no distinguía pasado de presente; todo se sentía real otra vez.

La vio caer. La vio sufrir.

Y se vio a sí mismo incapaz de salvarla. Ese era el verdadero castigo.

Cerró los ojos con fuerza, pero no encontró alivio. Solo oscuridad con fuego dentro.

Finalmente, el episodio comenzó a ceder, como una ola que pierde fuerza tras arrasar todo. Su respiración fue recuperándose lentamente, aunque el temblor en sus manos no desaparecía.

Omar quedó sentado en el suelo, apoyado contra la cama, con los ojos enrojecidos y la mirada perdida.

—Samyra… —susurró, casi sin voz—. Samyra…

Se pasó una mano por el rostro, intentando recomponerse, pero no había nada que recomponer del todo.

Se levantó con dificultad.

Cada paso hacia la puerta de su habitación se sentía pesado, como si caminara contra su propio miedo. Cuando llegó, giró el picaporte con urgencia.

La puerta estaba cerrada.

Frunció el ceño. No era normal. Samyra nunca cerraba con llave.

Golpeó suavemente al inicio, luego con más fuerza.

—Samyra… abre la puerta. Tenemos que hablar.

Silencio.

—Por favor… ábreme.

Nada.

El corazón de Omar empezó a latir más rápido otra vez, pero esta vez no era un ataque de pánico. Era algo peor: miedo real.

Se dejó caer lentamente contra la madera, hasta quedar sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en la puerta.

—No te vayas… —murmuró con desesperación contenida—. No ahora.

El pensamiento fue claro, brutal, insoportable:

“Siento que la estoy perdiendo para siempre.”

***

Al día siguiente, la casa parecía más grande y vacía.

Omar bajó las escaleras con el rostro tenso, sin haber dormido realmente. Sus ojos aún mostraban el cansancio de una noche en la que no había descansado, sino luchado contra sí mismo.

Entró al comedor. Vacío.

Miró a su alrededor.

—¿Dónde está mi esposa? —preguntó de inmediato, con una voz más firme de lo que realmente sentía.

—Salió, señor —respondió el personal—. Muy temprano.

Omar apretó la mandíbula.

—¿Dijo a dónde?

—No, señor.

El silencio que siguió fue más pesado que la respuesta.

Omar tomó su teléfono de inmediato.

—Averigüen dónde está mi esposa. Ahora.

Su voz no admitía discusión.

Capítulo: No puedo perderla 1

Capítulo: No puedo perderla 2

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