Samyra iba a responder.
Pero el profesor Duncan se adelantó, como si hubiera percibido que la conversación estaba llegando a un punto donde ya no era posible mantener la neutralidad.
Se puso de pie con calma.
—Es tarde —dijo con naturalidad—. Debo irme.
Miró a Samyra primero, luego a Omar.
—Señor Al-Sabah. Ha sido un placer. Samyra… espero verte pronto.
No esperó más.
Recogió sus cosas con la tranquilidad de alguien que entiende cuándo no debe permanecer en un lugar donde la tensión ya no pertenece a lo académico.
Y se fue.
Sus pasos se alejaron entre los pasillos de la biblioteca.
Y con cada uno, el aire parecía volverse más denso.
Samyra lo siguió con la mirada hasta que desapareció.
Solo entonces lo sintió con claridad: ya no había intermediarios. Ahora estaba sola con Omar.
El silencio que quedó no era vacío.
Era pesado. Demasiado consciente.
Omar no se movió de inmediato.
La miraba como si estuviera intentando reconstruir una conversación completa a partir de fragmentos.
—No me has respondido —dijo al fin, más bajo—. Dime, Samyra… ¿valió la pena?
No había enojo en la pregunta. Eso era lo peligroso.
Había algo peor. Necesidad.
Samyra bajó la mirada, cerró su laptop con cuidado y comenzó a guardar sus libros lentamente, como si necesitara tiempo para ordenar lo que iba a decir… o lo que no iba a decir.
El sonido de las páginas cerrándose llenó el espacio entre ambos.
Cuando terminó, levantó la vista. Y sonrió.
Pero no era una sonrisa cálida. Era control.
—¿Y tú qué piensas? —respondió con calma—. Cambié mi carrera por ser una esposa… que terminó siendo despreciada.
La frase cayó sin elevar la voz.
Pero golpeó igual. Omar frunció el ceño de inmediato.
—Samyra, no digas eso.
Su tono fue más firme. Pero no autoritario.
Más bien… herido.
Como si la palabra “despreciada” le hubiera llegado antes de que pudiera filtrarla.
Samyra sostuvo su mirada sin retroceder.
—No me arrepiento de lo que hago en la vida, Omar.
Su voz bajó apenas.
—Pero tú… tal vez tú eres mi única excepción.
El aire cambió. No por lo que dijo.
Sino por lo que implicaba.
Samyra recogió su bolso, se colocó la correa al hombro y dio un paso hacia él.
—Vuelvo a casa. ¿Vamos juntos?
Omar tardó un segundo en reaccionar.
Luego asintió.
**
El trayecto al auto fue silencioso. Demasiado silencioso.
Como si ambos estuvieran evitando tocar un tema que ya había sido abierto, pero no cerrado.
El coche arrancó.
Las calles de Dubái pasaban en líneas borrosas por la ventana.
Omar no dejaba de mirarla de reojo. Samyra mantenía la vista fija al frente. Pero no estaba en calma.
Estaba midiendo. Calculando. Protegiéndose.
Omar apretó ligeramente la mano sobre su muslo antes de decidirse a hablar.
—Samyra…
Ella no giró de inmediato.
—Podríamos irnos este fin de semana —dijo él—. Solo tú y yo. A una de las villas en The Palm. Lejos de todo.
—Sería… como una luna de miel —añadió, más bajo.
Ahora sí, Samyra giró la cabeza.
Lo miró como si estuviera evaluando algo que ya no encajaba con la realidad.


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