En el hospital, el ambiente era sofocante.
El olor a desinfectante, las luces blancas y el sonido constante de los monitores hacían que todo pareciera todavía más frío.
Omar permanecía de pie frente a las puertas de urgencias sin apartar la mirada de ellas.
Nayla había sido llevada minutos antes en una camilla, llorando, temblando, suplicando que salvaran a su bebé.
Y aun así…
La mente de Omar seguía regresando a otro lugar.
A otra persona. A Samyra.
“No…”
Cerró los ojos apenas un instante.
“Ella no pudo hacer esto.”
Porque por más que la duda intentara abrirse paso dentro de él, había algo que seguía rechazándolo violentamente.
Samyra no era cruel. Podía estar herida. Podía odiarlo en ese momento. Podía querer escapar de él.
Pero jamás haría algo tan monstruoso como entregar a una mujer embarazada a hombres violentos.
No ella. No la mujer que una vez arriesgó su vida por salvarlo.
Omar respiró profundamente, intentando calmar el caos dentro de su cabeza.
Pero entonces escuchó pasos acercándose rápidamente por el pasillo.
Levantó la vista.
Sus abuelos habían llegado. Detrás de ellos venían Mohamed, Nassira y Anur.
La expresión del abuelo Al-Sabah era oscura. Furiosa.
La abuela, en cambio, parecía angustiada.
—Hijo… —dijo acercándose de inmediato— nos enteramos de todo. ¿Cómo está Nayla?
Omar pasó una mano por su rostro cansadamente.
—Los médicos aún la están revisando.
Nassira miró las puertas de urgencias y luego a su hermano.
Sus ojos brillaban con algo extraño. Demasiado interesado.
—¿Es cierto que está embarazada? —exclamó el abuelo
El silencio cayó sobre el grupo.
Omar bajó la mirada apenas un segundo antes de asentir lentamente.
Y la reacción fue inmediata.
El abuelo endureció la mandíbula.
—Escúchame bien, Omar.
Su voz sonó autoritaria. Pesada. Como una sentencia.
—Si esa mujer está embarazada, olvídate de convertirla en tu segunda esposa.
Omar levantó lentamente la mirada.
—Abuelo…
Pero el hombre no le permitió continuar.
—No vamos a criar un hijo que no lleva nuestra sangre. Y mucho menos permitiremos semejante humillación para esta familia.
Las palabras dejaron el ambiente todavía más tenso.
Mohamed bajó la vista incómodo. Incluso Anur parecía rígido.
Pero Omar solo sentía agotamiento. Porque Nayla no era el verdadero problema. Nada de eso debía haber ocurrido.
—Ella no tiene la culpa —dijo finalmente.
El abuelo soltó una risa amarga.
—Entonces la culpa es tuya.
Omar no respondió. Porque en el fondo… quizás tenía razón.
Había querido proteger a todos. Y terminó destruyendo todo.
Entonces Anur habló.
—No.
Todos voltearon hacia él. Su expresión era seria. Demasiado seria.
—La culpa de esto es de Samyra.
El aire pareció congelarse.
Omar giró lentamente la cabeza hacia él.
—¿Qué acabas de decir?
Anur sostuvo la mirada sin retroceder.
—Hablé con el jefe de seguridad. El teléfono encontrado con los Nasser tenía el número de Samyra registrado.
La abuela abrió los ojos con incredulidad.
Mohamed frunció el ceño. Y Nassira sonrió apenas. Como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.
Porque no permitiría que humillaran a Samyra de esa manera.
No después de todo lo que había hecho por él. No después de todo lo que había sacrificado.
La voz de la abuela se quebró.
—¡Basta ya!
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Samyra no merece esto… ¡Ella salvó la vida a tu hermano!
Pero Nassira seguía mirando a Omar como si esperara verlo dudar.
Como si quisiera destruir la imagen de Samyra delante de todos.
Y por primera vez en toda la noche, Omar sintió algo más fuerte que la culpa. Protección. Defensa. Amor.
Levantó lentamente la mirada.
Y habló con una firmeza que hizo callar a todos.
—Dejen a Samyra en paz.
El pasillo entero quedó en silencio.
Omar respiraba con dificultad. Sus ojos oscuros recorrieron uno por uno a los presentes.
—Ella es mi esposa.
La frase sonó definitiva.
—Y le deben respeto.
Nadie habló. Ni siquiera Nassira.
Porque la expresión de Omar era distinta. Ya no era solo cansancio. Era advertencia.
—No permitiré que Nayla siga sufriendo —continuó—. Voy a protegerla mientras lo necesite.
Su voz bajó apenas. Pero la siguiente frase golpeó todavía más fuerte.
—Pero jamás abandonaré a Samyra.
Nassira apretó la mandíbula con evidente frustración. Porque esperaba otra reacción.
Esperaba verlo romperse. Dudar de Samyra.
Pero no ocurrió.
Omar solo pensaba en Samyra, en ir a casa.
Necesitaba ver a Samyra. Necesitaba escucharla decir que no había sido ella.
Porque si existía, aunque fuera una mínima posibilidad de que fuera verdad… Entonces quizás nunca había conocido realmente a la mujer que amaba.

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