El silencio en la habitación era denso. Demasiado denso.
De esos que no descansan, que presionan el pecho y obligan a respirar más lento como si el aire también doliera.
Samyra seguía de pie, con el teléfono en las manos, aunque ya no lo miraba. Lo había entregado porque no tenía salida, pero ahora sentía que algo más importante se le había escapado con ese gesto.
Su libertad. O su último margen de control.
Omar estaba frente a ella.
Quieto. Pero no tranquilo.
Su mirada recorría su rostro como si buscara algo que lo salvara de lo que acababa de descubrir… o de lo que temía descubrir.
El teléfono había sido revisado. No había pruebas de lo que temía.
Solo una llamada perdida. Nada más.
Pero, aun así, el daño ya estaba hecho.
Porque la duda había entrado.
Y la duda, en él, era peor que cualquier certeza.
—No respondiste la llamada —murmuró Omar, intentando aferrarse a algo lógico.
Samyra lo miró, todavía tensa.
—Claro que no. Tú mismo me dijiste que no respondiera números desconocidos.
El silencio volvió a caer.
Omar cerró los ojos un instante. Sí… lo había dicho.
Por seguridad. Por protección. Y ahora esa misma recomendación parecía una cuerda alrededor de su propio cuello.
Sus ojos bajaron nuevamente al teléfono.
Había algo más. El nombre. Suiza.
El simple sonido de esa palabra le generó una inquietud inmediata.
—¿Qué significa esto? —preguntó, señalando la pantalla—. Suiza.
Samyra sintió el golpe interno.
Un segundo de vacío. Pero no se movió. No podía mostrar debilidad. No ahora.
—Nada —respondió con calma forzada—. Un colega. Está en Suiza haciendo investigación en medicina experimental. Me comentó avances.
Omar la observó. Intentando leerla. Intentando encontrar grietas.
Pero no había certezas.
Solo esa calma fría que ella había aprendido a usar cuando todo se derrumbaba por dentro.
Él le devolvió el teléfono.
Y por un instante… ambos quedaron en el aire.
Sin apoyo. Sin defensa. Sin verdad absoluta.
—¿Ya soy inocente? —preguntó Samyra, con la voz baja, casi sin emoción—. ¿O sigues dudando de mí?
La frase no fue un ataque. Fue cansancio.
Omar sintió cómo algo se quebraba dentro de él.
Negó de inmediato. Demasiado rápido. Demasiado torpe.
—No dudo de ti —dijo—. Solo quería asegurarme de que nadie pudiera culparte.
Pero incluso mientras lo decía… sabía que no sonaba real.
Samyra soltó una risa breve. Seca. Sin alegría.
—No mientas, Omar.
La palabra lo detuvo.
—Es evidente que dudas de tu propia esposa.
El aire cambió otra vez. Más pesado.
Samyra dio un paso atrás.
—Dime algo… —continuó—. Si tanto quieres deshacerte de mí por Nayla, ¿por qué no lo haces de una vez?
Omar la miró. La pregunta lo golpeó más fuerte de lo que esperaba.
—No es así…
—Entonces hazlo claro —interrumpió ella, con voz firme ahora—. Sé un hombre honesto. Dime que quieres el divorcio y déjame ir.
El silencio explotó dentro de él.
No podía. No quería. No podía perderla.
Omar dio un paso hacia ella. Luego otro.
Y sin pensar más, la tomó de los brazos. Su contacto fue firme. Urgente.
Como si necesitara asegurarse de que estaba ahí.
—No quiero dejarte ir —dijo.
La voz le salió más baja de lo esperado.
Más vulnerable.
Samyra lo miró sin moverse. Sin responder.
Omar levantó una mano y sostuvo su rostro con cuidado. Demasiado cuidado. Como si tuviera miedo de romperla.
—Samyra… —su voz se quebró apenas— te amo.
La frase quedó suspendida. Pero no tuvo el efecto que él esperaba.
Ella soltó una risa amarga. Pequeña. Pero suficiente para herirlo.
—¿Amor? —repitió—. Qué palabra tan fácil para alguien que me hace sufrir todos los días.
Omar la miró con desconcierto.



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